“Suponte que estás en una isla. Suponte que has naufragado y
eres el único sobreviviente –decía el discípulo-. Llevas ya un tiempo en ese
sitio, tiempo que vas cuantificando en el tronco de un árbol mediante extraños
símbolos que te has creado. Los días pasan, tu lenguaje es una piltrafa, tu
mente se atasca. El árbol parece tu única compañía. El árbol y una rana
acuática que una tarde has de ver cómo es devorada por un pez feroz. Las cosas
no van bien. Para colmo de males, una noche de tormentas álgidas un rayo cae
sobre tu árbol del tiempo y acaba con él. No puedes recordarlo, no puedes
siquiera volver a hilvanar la imagen de tus propios símbolos. Y sin embargo sabes
que hay un número determinado de días allí. ¿Qué haces? Ni para chelas tienes
opción, eh. ¿Qué? Montas en cólera, por supuesto. Pero qué más. ¿Procuras
inventar un recuerdo?, ¿procuras enloquecer? ¿O, de todas formas, procuras
cultivar tu fe? Debes pensar bien y debes pensar bastante. Debes darte tiempo.
O en absoluto. Pero de alguna forma tienes que llegar a entender que aunque no
lo sepas, alguien lo sabe. Tanto los que vendrán a buscarte en días, o meses, o
años, como Dios. Así, tras la estampida, el reposo. Debes creer que en algún
lugar del tiempo, alguien conoce tu cifra precisa y que eso es mejor que
albergar dudas al respecto. ”
Reclamabas atención para tu capacidad intelectual,
artística.
Sospechabas que por ahí venía la cosa… hasta que un día te
cansaste.
Desde ese tiempo hasta hoy, sin embargo, sólo has reordenado
las letras de la palabra maternidad en tu frente. Y es una lástima no haber
estado ahí. Verdaderamente estabas capacitada para eso. Al menos para ejecutar la parte menos numerosa
del acto…
Pero el problema estaba después –o antes-, en el uso
deseoso de los verbos copulativos.
En fin, ojalá hayas tenido suerte y alguien sea capaz de
leerle Rimbaud a tu abdomen.
Mientras tanto yo voy a seguir recordándote como eras,
añorando todo lo que me hiciste feliz, revisitando la mueca sutil de tu
enseñanza última.
Quiero decir, guardando una fe sombría en las cosas
simples, y personales. Única. Algo así como escribir en una pieza, solo, sin
nadie a quien pedirle que alce las palmas de las manos para aplaudir.
¿Habrá algún tipo de conexión entre la foto de Borges que sigue, y Max Brod decidiendo no quemar y -muy por el contrario- editar los papeles de su amigo Kafka?
Se me ocurre que sí, que hay algo revelador en esas dos caras de la que entiendo una misma moneda. Sin embargo en esta siesta agobiante de Córdoba se me hace imposible desarrollarlo. Quedará para después. Para cuando mi inconsciente ceda sus propias conclusiones trabajadas en silencio, y el calor se apiade de los pobres.
Mientras tanto, saquen sus propias conclusiones.
Se me ocurre que sí, que hay algo revelador en esas dos caras de la que entiendo una misma moneda. Sin embargo en esta siesta agobiante de Córdoba se me hace imposible desarrollarlo. Quedará para después. Para cuando mi inconsciente ceda sus propias conclusiones trabajadas en silencio, y el calor se apiade de los pobres.
Mientras tanto, saquen sus propias conclusiones.
Villas
Un gran poema de uno de los mejores -sino el mejor- poeta argentino, Leónidas Lamborghini, de título: Villas.
Para disfrutarlo leído por el autor, cliquee acá. Para más lecturas y poemas, acá.
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