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algo de lo inconcluso
Fuimos expulsados.
Entre nosotros algunos aún conservan calabazas ahuecadas, otros cencerros o dientes pulidos de marfil. Unos pocos misteriosas ojeras.
Y sin embargo, nadie podría decir que no nos fueron llevando hasta el barranco. Y que sumisos o agotados, saltamos.
Malte, retrasada, cree recordar en voz alta la escena de su destino. Verse asomada, hace tiempo, a la esfera cilíndrica de un tonel vacío. Y descubrir en el fondo el aleteo frágil de un animal, agonizante y vivo a la vez.
Malte, animada de palabras, equivoca los pasos. Aquí las metáforas no sirven para nada.
Avanzamos, creemos que lo hacemos, y eso es suficiente por ahora.
El terreno ondula y cede hacia abajo. Luego hacia arriba.
Entre los primeros se oyen cantos o alabanzas cuyo depósito es impreciso. No lo es, por el contrario, su movimiento, el nuestro, sinuoso y cíclico. La conformación silenciosa de una nueva estructura de poder.
Entre ellos alguien, Yull, Dame, abocado a sus sombras, encierra en sus manos la certidumbre de una piedra en la cabeza o habitando nuestros estómagos. Nacida de nuestro entendimiento. Una teoría heredada que creímos, o que muchos de nosotros quisimos creer, y que sin embargo no podría ser cierta.
Porque entonces lo anterior no sería más que algo accesorio, o complementario. Los gestos de O, la imperiosa y oscilante faca de Teas contra su muslo. No más que algo adquirido y olvidado a la vez.
Sobre el desvío un arbusto escuece las sandalias de Tabs y atraviesa la carne que, roja, mancha la tierra. Alguien alza la mano, exige detenerse. Con el grito, Bábalos frunce el ceño.
Se hinca, toma entre sus manos el pie herido. Alza tierra. Repite una y otra vez las palabras o sonidos que guarda en su interior y aún con la planta del pie entre sus pechos lanza la tierra al aire.
Al reemprender la marcha, Tabs camina perfectamente entre otros pero la culpa quema sus entrañas. Cíclicamente, fuerza sus hombros hacia atrás y estos, otra vez, vuelven a ceder.
Es el día 203 de nuestra marcha aunque muchos se animen a exigir pruebas acerca de esta certeza o simplemente se esfuercen en desconocerla.
Eso no es relevante. Han pasado el periodo de las cruces y el periodo de las anáforas, luego el de las pestes y el ritófago. Hemos matado tantas veces como nos ha sido necesario a nuestro padre y lo volveremos a hacer.
Las cosas se repetirán, se repiten. Es imposible alzar una mano junto a otra, un pasamano de luz, y determinar cuál es cuál.
Una recurrencia, el olvido como única posibilidad.
Entonces hoy es el día 203 y dos pinos, a lo lejos, cosquillean las nubes. Tobías se propone para parlamentar. Dos o tres alzan sus brazos y danzan, unos pocos se acurrucan en la imagen que esa imagen preanuncia.
Hay oponentes, hay cegados, hay indiferentes. Tratamos de comprendernos cuando Lubos toma la palabra. Es un balbuceo sentido, un cuenco vacío en que cada uno vuelca su ignorancia, su impotencia. Hay un fugaz consenso hasta que la cabeza de Lubos rueda por la tierra, separada de su cuerpo.
Teas ha ejecutado un corte preciso con su faca sobre el nacimiento posterior del cuello de Lubos. Tobías ha alzado las manos y ha parlamentado. Dos o tres han reído.
Al continuar avanzando, Tabs se ha retrasado. Alza la cabeza de Lubos a escondidas, la guarda en su morral y corre con su inocultable sonrisa hasta perderse entre los adelantados.
Las voces de Canetti
Hace ya bastante tiempo, por motivos laborales, no dispongo de tiempo para escribir. O al menos para dejarme ir una buena cantidad horas escribiendo. El año pasado, harto de pelear contra esto y de ir quitándole vida a textos que surgían con fuerza y poco a poco decaían, se me ocurrió tener un método de escritura automática, breve. No creo oportuno develar cuál fue, sí decir que tuvo que ver con un libro de Canetti.
Bien, ahora releí algo de eso (de hecho este es el primer texto que escribí con ese método), y me pareció piola, ya que hace tanto que no publico nada aquí, subirlo. Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté al escribirlo.
Bien, ahora releí algo de eso (de hecho este es el primer texto que escribí con ese método), y me pareció piola, ya que hace tanto que no publico nada aquí, subirlo. Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté al escribirlo.
Confusiones
Por tres veces fui víctima de una confusión. La primera, un hombre de estatura baja,
extremadamente delgado, llamó a mi puerta y sin mediar palabra me extendió una
bandeja con un sobre blanco. No podía estar dirigida a mí, no esa
correspondencia. Sin embargo la severidad del rostro del hombre reafirmándose
en nuestra disparidad de altura me obligó a dudar. Era sólo un sobre vacío en
el que un trazo vago e indescifrable precisaba el destinatario, o el mensaje
mismo, lo pude comprobar no bien cerré la puerta. Pero por algún motivo no
quise enmendar el error. Habiéndolo doblado por su parte media unas cuantas
veces, lo corté en cuatro y arrojé al cesto.
Las dos
restantes confusiones, en algún sentido, podrían considerarse una sola. Había
andado yo desde el alba trajinando los
suburbios, creyendo de esa forma asir algo de lo
que se me escapaba en mis visitas a los centros comerciales (guiado por una orientación vaga tomé un transporte hacia
el norte y fui volviendo en la dirección opuesta), cuando di con una plaza
circular bastante concurrida. Sin pensarlo demasiado ni detenerme aún en la cantidad
y variedad de animales que proliferaban en el lugar, busqué descansar un poco
para luego observar mejor el motivo de tantos visitantes. Fue entonces que una
de aquellas mascotas, progresando desde quién sabe dónde, saltó sobre mi pecho con
sus dos patas y deslizó todo a lo largo de mi mejilla vuelta a un lado su larga
y áspera lengua. ¡Lara!, escuché gritar gravemente un tanto más allá superando
incluso el bullicio general y la conmoción de mi aturdimiento. ¡Lara! Por fin, el
animal cedió y de un salto corrió en dirección al sitio del que provenía la
voz. Desentendiéndome, me esmeré en limpiar mi cara con el antebrazo de la
camisa (las partículas de saliva parecían aún ser la lengua y yo mismo no
acababa de salir de la sorpresa y la repulsión). Sepa disculpar, oí decir muy
cerca, alcé la vista. Por favor, respondí. Era un niño de doce o trece años, y
sin embargo de voz profunda y gesto adusto. Vestía pantalones cortos, calzado y
campera deportivos, y portaba una larga rama en su mano derecha. Es a veces
juguetona, dijo. Debido a que en nuestra casa no tiene espacio aquí hace lo que
le viene en gana. Por supuesto, por supuesto, me apuré a responderle. El niño,
altivo, se volvió a observar el centro de la plaza, en el que se producía más
tumulto, y la perra se sentó a su lado, solidaria con el motivo de atención de
su dueño. Pude ver entonces una fuente de agua clara en la que distintos
animales se bañaban, y todo a su alrededor el resto de los visitantes, al
parecer aguardándolos, sentados en los bancos laterales o ya sea parados, de a
dos, de a tres, hablando, riendo, moviendo a los lados sus cabezas. Entre
estos, unos cuantos trasladaban a sus mascotas con diferentes sogas que las
asían del cuello y en no pocas ocasiones se disponían a recorrer en redondo una
y otra vez los bordes de la fuente. De tanto en tanto se escuchaban gritos aislados
o palabras inentendibles y se podían percibir gestos amplios.
Usted no es
de aquí, dijo por fin el niño tras un momento, sin volverse a verme. Es por eso
tal vez, agregó convidándome su entendimiento. Sí, le respondí, aunque sin
comprender muy bien a qué se refería. Volvimos a quedarnos callados.
Mi
intención había sido profundizar el diálogo, sin embargo la intuición me indicó
guardar silencio. Provocar la curiosidad del niño a partir de mi indiferencia y
de esa forma obtener información no viciada. No me equivoqué y sin embargo sí
lo hice. El niño volvió a hablar. Claro, dijo, si no fuera así lo sabría. Es
parte de nuestra formación. Ayer mismo lo explicaron con un ejemplo: alguien
creyó saber nadar y se lanzó a un río caudaloso, dijeron. Poco a poco fue perdiendo
estabilidad hasta hundirse. Debieron sacarlo a la
fuerza. Un observador cándido, sobre la costa, opinó que ese nadador
inexperto estaba imbuido de la idea del agua. De lo contrario, hubiese disfrutado
dejarse llevar por la corriente. Asimismo, los rescatistas no hubiesen
tenido por qué actuar.
Le propongo
que lo veamos de otra forma, dijo tras un momento el niño. Pensemos en Lara,
por ejemplo: un ser humano lo suficientemente ingenuo podría llegar a creer que
la vida doméstica de un animal tiene origen en la idea de domesticación. De lo
contrario, opinaría, si se hiciera a un lado esa idea, se estaría a cubierto
del sometimiento.
Ahora bien:
¿Sería eso posible? ¿Lo creería, usted, así?
Sus
palabras me parecieron una broma o un buen relato de misterio producto de una
mente inclinada a la fábula. Quise asir su sentido mediante la interrogación,
pero el niño no dio pie: sin volverse nunca, una vez que concluyó el relato con
aquella interrogación retórica comenzó a marcharse junto a su mascota.
Adiós, le
grité. Pero no hubo caso, nunca se detuvo. Su imagen, en el contraste de las
sombras, se me apareció como una postal antigua, misteriosa.
Por tres
veces, dije, fui víctima de una confusión. Y sin embargo, mientras que de las
últimas recuerdo puntillosamente sus detalles, de la primera, debo decirlo, en
reiteradas ocasiones he confundido su relato. No pocas veces he creído haber
actuado de otra forma, siendo indiferente a los golpes en la puerta o dando yo
mismo un portazo. Las más de las veces rompiendo inmediatamente, sobre la
bandeja de plata del hombre bajo y delgado, la correspondencia. Entre éstas, solo
una vez creo haber intentado explicar que ese sobre no era para mí.
Sin embargo
ahora lo sé, aquellos son sólo falsos recuerdos, juegos de la memoria.
Extracto de una nouvelle a punto de salir del horno!
“Suponte que estás en una isla. Suponte que has naufragado y
eres el único sobreviviente –decía el discípulo-. Llevas ya un tiempo en ese
sitio, tiempo que vas cuantificando en el tronco de un árbol mediante extraños
símbolos que te has creado. Los días pasan, tu lenguaje es una piltrafa, tu
mente se atasca. El árbol parece tu única compañía. El árbol y una rana
acuática que una tarde has de ver cómo es devorada por un pez feroz. Las cosas
no van bien. Para colmo de males, una noche de tormentas álgidas un rayo cae
sobre tu árbol del tiempo y acaba con él. No puedes recordarlo, no puedes
siquiera volver a hilvanar la imagen de tus propios símbolos. Y sin embargo sabes
que hay un número determinado de días allí. ¿Qué haces? Ni para chelas tienes
opción, eh. ¿Qué? Montas en cólera, por supuesto. Pero qué más. ¿Procuras
inventar un recuerdo?, ¿procuras enloquecer? ¿O, de todas formas, procuras
cultivar tu fe? Debes pensar bien y debes pensar bastante. Debes darte tiempo.
O en absoluto. Pero de alguna forma tienes que llegar a entender que aunque no
lo sepas, alguien lo sabe. Tanto los que vendrán a buscarte en días, o meses, o
años, como Dios. Así, tras la estampida, el reposo. Debes creer que en algún
lugar del tiempo, alguien conoce tu cifra precisa y que eso es mejor que
albergar dudas al respecto. ”
otro avance-apéndice de la novelita
(sí, sí, estuve intoxicándome con soñando por cantar y me acordé que yo tenía un textito por corregir, que era parte de la novelita inconclusa y... acá está. salut!)
Contar la película
Un
guacho es petiso. No petiso petiso, pero sí bajo. Petiso para lo que quiere ser
o hacer, digamos. Bueno, el petiso, Bicht que se llama (y este es un nombre
bastante particular que le viene de su madre irlandesa y su conocimiento, el de
ella, de que si bien en su país natal ese es un nombre poco común, sin embargo entre
las reducidas clases altas se extiende como un río, además de su entendimiento,
el de ella, de que un buen nombre es todo en la vida y así se lo ha explicado
al mismísimo Bicht cuando era chico y le gustaba preguntar por qué o en verdad no
le gustaba preguntar absolutamente nada y se pasaba el día entero en silencio y,
acaso por eso, entonces había que explicarle todo); Bicht, digo, quiere jugar fútbol
americano. ¿Saben cuál es? ¿Conocen? El de los tipos con cascos y armaduras en
el lomo que se chocan y se chocan entre sí, ése. Bueno, como el fútbol
americano es la pasión de Bicht o su sueño o como quieran llamarle, ya desde su
infancia en los suburbios se entrena y se entrena por eso, para hacer eso bien
arriba y llegar a jugar en las grandes ligas o acaso un día ver su foto en las
portadas de Sports News o Forward Magazine y de alguna manera
sobarle los huevos a Dios, u olerle los sobacos, que en cierta forma sería lo
mismo ¿no? De hecho creo que hay algunas escenas de eso en algún momento. El
tema, el gran tema, es que eso, que Bicht juegue fútbol americano, se sabe, es
imposible. Es imposible que Bicht llegue nunca a jugar en las grandes ligas: por
más que lo veamos esforzarse, ya en el campus universitario, entrenando y
entrenando, o estudiando para sumar promedios y deportes, becas y cuotas, etc.,
es petiso, nació petiso, y eso todos lo sabemos. (Lo sabemos incluso por sobre
las mismísimas ganas del propio Bicht de no saberlo o simular no saberlo, ni
querer que nosotros lo sepamos. Lo sabemos incluso por sobre los paseos con
aire de sultán del ritmo del propio Bicht a través de las largas y desoladas calles
de su pueblo de Minnesota o ya después por los pasillos de la Universidad
dedicados a hacer olvidar lo que es claro como un río irlandés. Sabemos –y
aunque no lo quiera, el propio Bicht sabe que lo sabemos- que cualquiera de los
otros del equipo de ahí, de la Universidad de Minnesota, de los Dogos de Minnesota,
Buck Mulligan, el gordo Fouth, el lanza Jonhy Tonello, pongamos por caso, le
lleva mínimo 30 centímetros y 10 kilos, y que esa diferencia es muy marcada,
que esa diferencia es como una roca en medio del mismo río.) Pero claro, las
películas son así, y entonces hay que fingir no saber, fingir y dejarse llevar
de la mano hasta la testarudez y la valentía de Bicht, y su esforzarse entre
los grandotes toscos que lo observan y se le ríen en la cara o le roban las
toallas en las regaderas y a veces también lo azuzan en los entrenamientos para
verlo cagar la leche cuanto antes y acaso de esa manera ahorrarles compasión. El
mismo Louis Porton lo deja hacer (le da tela y se la quita, le da tela y se la
quita) acaso porque en cierta forma Bicht le es útil para los entrenamientos –respecto
al tema motivación, fundamentalmente, según los especialistas- pero más que
nada, y esto es una apreciación personal, porque no quiere llegar a su casa y
que en la oscuridad de su habitación le sangre la nariz soñando con ningún
petiso ahorcado ni con ningún petiso entrando en el glorioso campus de los
Dogos de Minnesota con aire de sultán del ritmo y una AK 47 bien dispuesta. O simplemente
porque le da igual, a Louis Porton, entrenador de los Dogos de Minnesota,
responsable de las temporadas más felices por aquellos lugares y del aumento proverbial
de la venta de hot dog durante las dos
últimas temporadas (información adicional, hay que decirlo), le da tan igual
como a nosotros mismos y hasta se divierte con toda la cuestión, y entonces lo
anterior es sólo una exageración propia de los entrenadores de las grandes
ligas y sus más esmeradas pesadillas. Y es una lástima (esto también hay que
decirlo), pero eso a nuestro héroe petiso no le importa. En absoluto. Por
tanto, sigue y sigue entrenando y esforzándose y martillando su cuerpo gordo
contra los monos de metal que parecen un muro, la cámara lo acompaña en el
campus por las mañanas y por las tardes y entre medio lo vemos estudiando o
viendo partidos de las grandes ligas y soñando y llorando como un niño o
despertando a las tres de la mañana de un sueño espeso y poniéndose a hacer
flexiones a un costado de la cama. Entonces, de un momento a otro y como en un
acto de magia, también nosotros soñamos con él, también nosotros alabamos la
voluntad y la fe de Bicht, y hasta pretendemos poder comprenderlo y sufrir con
él. Lo que se dice empatía, ¿no?, empatía hasta el punto de que deseamos que
llegue, que de una vez por todas Bicht llegue lejos. (Es cierto, no sabemos muy
bien a dónde, pero ese no es nuestro problema: Bicht nos está ganando la partida
y ya de hecho no nos provoca tanta repulsa su cara picada de acné juvenil que
en las primeras tomas llegaba a las arcadas: Bicht ama, Bicht crece, Bicht
llora, Bicht calla, y nosotros estamos junto a él para creer en la maravilla de
los pases de magia, en la gesta mínima y definitiva de los ilusionistas.) De
esa forma, con el corazón en la mano podría decirse, llega el día, la tarde en
verdad, en que en uno de esos entrenamientos típicos en que se empujan los
monos de metal chocándolos con los hombros, Bicht logra darles de lleno y moverlos
como uno de los buenos, como el Gordo Fouth o Buck Mulligan, como uno de los
jodidos monstruos de las grandes ligas, digamos. Esa tarde lo vemos martillar
una y otra vez contra los monos de metal y sentir que lo está logrando. (Por un
momento, lo adoramos. Ah, quién podría negar que no está a punto de dejar
escapar una lágrima frente a la pantalla en que mira todo, quién podría…) Sin
embargo, pero esto sólo Bicht lo sabe, aunque en verdad se pueda intuir en ciertos
primeros planos del golpe contra los monos de metal y su cara fofa
retorciéndose, algo no anda bien. (Otra vez: sólo Bicht lo sabe. Sólo Bicht
sabe que estuvo a punto de dislocarse el hombro y que dudó, que en ese instante
sutil y definitivo en que martillaba una y otra vez su cuerpo gordo y petiso contra
los monos acolchados de metal se preguntó qué mierda estaba haciendo o por qué,
pero también, y esto es espuma fina entre los labios, que comprendió sus
límites y probó su valor –o cobardía-, y que tan sólo entonces, tan sólo
después pero casi a la par, se temió y odio a la vez, y, por fin, comprendió
que eso también era el horror. Pero fue sólo un instante.) Luego regresa a la
fila como si nada. Entonces, mientras lo hace, mientras se aleja orgulloso
adentro de su armadura de la zona de los monos de metal, quitándose a la vez el
casco rojo de prácticas clásico de los Dogos de Minnesota para respirar un poco
mejor y vuelve a acomodarse en la fila, comete la gran estupidez de mirar a
Louis Porton. Sólo un segundo, como con el costado del ojo, con la displicencia
de los gestos estúpidos. Nada: Louis Porton no ha posado ni una vez sus ojos en
él. Ahora sí, Bicht tiende a derrumbarse: podemos presentirlo atrás de los
planos largos de la cámara que se escapa por sobre el campus de entrenamiento y
hace correr rápido el tiempo hasta la noche y las luces de la ciudad y funde en
negro. Es obvio, Bicht no va a darse por vencido. La película sigue. Vemos
transcurrir sus años de esfuerzo y obstinación, lo vemos entrenar y entrenar y
constantemente sospechamos que está a punto de romperse un hombro o que ya lo
tiene roto, que está a punto de regalarle su hombro a las escurrideras de las
regaderas de las grandes ligas, como de favor, sin nunca poder pisar el verde césped,
pero ya con la estúpida esperanza, o fatalidad, de que lo hará, de que algún
día Louis Porton le palmeará el hombro y le dirá: es tu turno, Bicht, adelante,
el verde campo te espera; y entonces sí verá las luces del estadio, plenas,
como encendidas sólo para él. Y (hay que decirlo), esto, tal vez, Bicht lo sabe.
Seguramente Bicht lo sabe, porque no vuelve a dudar. Tras aquella duda primera,
que fue como cuando Jesús en la cruz pregunta por su padre, ¿no?, una cosa así,
confía o confirma, nada más. La cámara lo acompaña desde que se despierta y lo
lleva de la mano a los huevos fritos, el campus, las clases, y una y otra vez
lo ve perder lugar en el equipo titular o siquiera en el suplente. Nada. El
tiempo pasa. Una noche Bicht ve en la tele a los Dogos de Minnesota contra los
Pittsburg Steelers. Es un partido duro. Los lanzadores han sido bastante
golpeados y la defensa de los Dogos parece haber sufrido algunas bajas. Sin
embargo el marcador favorece a los Dogos y Bicht, el petiso gordo hijo de madre
irlandesa, bebe una de las pocas cervezas que se permite en la semana, para ver
los partidos, brindando a la salud de la defensa y del ataque de los Dogos y de
su propia salud. Al terminar el partido, está contento pero también triste, y
en definitiva le da igual: en el aire algo se respira distinto, un aura nueva
nimba su esfuerzo o él lo siente así, y con esa sensación se va a dormir y a
soñar con un campus verde y amplio extendiéndose hasta el cielo Minnesota y un
mundo de petizos gigantes corriendo atrás de una pelota ovalada. Algo pasa:
sorprendentemente al día siguiente nuestro héroe se ha resfriado, despierta
moqueando. Al tomarse la temperatura descubre que tiene cerca de cuarenta
grados de fiebre. Uf, es el momento más duro de la película: solo en la piecita
que le alquila al casero del campus (porque también, para más precisiones, es
pobre, tiene cara de aguilucho y sólo logró entrar a la universidad a fuerza de
estudio y esfuerzo y entrenamiento, y mediante los pocos envíos que logra
hacerle su madre inmigrante irlandesa de los dólares que junta como mesera de
una fonda y modista de noche -madre que comparte a ciegas su sueño-), Bicht vive
momentos difíciles, momentos cruciales. Y hasta quizás esta última palabra sea demasiado
precisa. Lo vemos ir de la cama al baño y del baño a la cama, lo vemos tiritar
bajo pilas de frazadas y pensamos por un momento que va a renunciar, que está
dudando, que va a dejar todo de una buena vez y se va a buscar una linda mesera
de las afueras de Minnesota para tener hijos y verlos crecer mientras él se
gana la vida de todos como mecánico de camiones en la carretera sur y ya en la
noche se toma sus cervezas tranquilo, con el pato en el horno y la tele en
algún partido de las grandes ligas… (También alguno pudo pensar nuevamente en
la Ak-47 y…) Por supuesto, eso no ocurre. Tres días después el petiso vuelve a
entrenar más fortalecido que nunca. Louis Porton lo ve venir y nota algo en él,
un nuevo vigor acaso, y extrañamente se le acerca. Le pregunta qué le pasó, si
está bien. El petiso, Bicht, extiende a lo largo de todo el campus su orgullo y
le dice que sí, que perfectamente bien. Ok, dice Louis Porton, quiero verte derribar
esos monos de metal, Bicht. Dyck Dutton se lesionó y Manny Howard no se siente
bien para el próximo partido, tendrás tu oportunidad. ¡C´mon! Por fin hemos
llegado. Estamos donde queríamos estar, y lo sabemos, sin embargo la cámara se
pierde y no muestra nada, nada de todo lo que hemos estado esperando: ni a Bicht
entrenando más fuerte que nunca, ni a Bicht sonriendo, ni a Bicht martillando
contra los monos de metal, ni siquiera a Bicht rezando o hablando por teléfono
con su madre irlandesa. Nada. De repente, en un abrir y cerrar de ojos, ya
estamos en el partido y Bicht no es el mejor pero lo está haciendo bien y corre
cada jugada como si fuera la última de su vida. Claro, la defensa no la tiene
fácil: las Panteras de Cincinnati se cuelan por las bandas haciendo que todo
recaiga en las últimas líneas, que las carreras oblicuas y los cruces de frente
sean inevitables para mantener el marcador empardado. Sin embargo, con el
partido ya bastante avanzado, y en una jugada milagrosa, Buck Mulligan, el
memorable Buck, logra colarse entre la defensa de las Panteras gracias a la
presión del gordo Fouth y recibir como un bailarín el pase largo y certero del
lanza Johnny Tonello, que semeja una gelatina en el aire, pero que Buck logra
amaestrar en un movimiento perfecto y colocar tras una corrida ejemplar contra
la línea del fondo. Ahora sí, clara ventaja para los Dogos de Minnesota. El
partido se pone más duro aún. El ataque contrario se vuelve cada vez más
preciso y obliga a la defensa de los Dogos a retroceder. La cámara enfoca los
minutos en el tablero, que corren en primeros planos y se mezclan con las
imágenes dispersas del partido y con un Bicht que comienza a sentir una leve
molestia en el hombro y se golpea el casco con la mano izquierda antes de cada
jugada y luego sigue cortando las subidas del gran Blow Mc Caggan de las
Panteras. De un momento a otro estamos casi sobre el final y los Dogos
mantienen la leve diferencia a su favor sobre los bulldogs. Hay un corte y un
nuevo tiro libre a favor de la parcialidad de Cincinnati. Es su última
oportunidad para ganar o empatar el partido, y esto se presiente en las caras
de la defensa de los Dogos, que se gritan y se chocan las cabezas, y en lo
gestos y señas de ataque de las Panteras, pero también en los entrenadores de
ambos que gritan una cosa y otra, y hablan con sus asistentes por aparatos que
tienen en la boca y las orejas. (Hay que decirlo, de todas formas Louis Porton
tiene un gesto raro en la cara, quizás semejante al de un general Polaco que ha
visto avanzar las tropas nazis y se ha confiado a un milagro, o a una pastilla
de cianuro, podría decirse, pero esto ya es contar otra película.) Listo, suena
el silbato: el lanza de las Panteras logra desmarcarse y recibir una pelota
combada y difícil que hace girar a través de su cintura, por la espalda, y tras
obviar con esa figura perfecta al defensa de los Dogos Jerry Hutton está lista
para ser lanzada. Sin embargo, Stiff Prate vuelve a girar y a amagar una y otra
vez como burlándose de todo el mundo (incluidos nosotros mismos) hasta que finalmente,
ya cansado del floreo, se decide a hacer un pase largo para el gran Blow Mc Caggan
que avanza campo adentro como un búfalo desbocado. Entonces vemos la pelota
deslizarse y sabemos que este es el momento, que esta es la única forma en que
nuestro héroe petiso, Bicht, se hundirá para siempre o, por fin, entrará en el
salón grande, en las portadas de Sports
News o Forward Magazine, y que es
mejor así, que ya no podríamos soportar una dilación más. Lo vemos al gran Blow
correr y correr mientras la pelota carretea en el aire girando suave como un
universo perfecto a punto de hacerse pedazos a la vez que Bicht corre también y
por su cabeza pasan todos los momentos de su infancia: su madre remendando sus
medias, la foto de papá en la vitrina con las condecoraciones, los amigos de la
infancia, su primera pelota de futbol americano, un atardecer con la que parece
haber sido su única novia, etc. Hay un corte fino que funde unas imágenes con
otras y ya cuando la cámara vuelve a la realidad lo vemos a Bicht taclear en la
cintura y casi de frente al gran Blow, que por un momento se desentiende del
golpe como asumiendo que más allá de esa puta que no lo deja avanzar está su
destino de gloria, pero eso es sólo una milésima de segundo incluso aunque esté
en cámara lenta, es sólo un momento porque al momento siguiente el gran Blow
cae como un peso muerto contra el césped verde del campus y el árbitro pitea el
final. Primero silencio, después la parcialidad del público de Minnesota
estalla en festejos y la de Cincinnati aplaude abiertamente el gran partido y
el gesto del defensa petiso y desconocido, pero más que nada la posibilidad de
haber pasado un momento lindo viendo el Gran Juego como si ellos mismos no
tuvieran nada que ver. El gran Blow se levanta sorprendido pero indiferente a
la vez, mira el marcador en la punta del estadio y a la gente de los Dogos de Minnesota
que festeja y festeja. Es como si estuviera confundido o no entendiera nada.
Entonces, mientras aclara las ideas, ve correr a Louis Porton hacia él y luego lo
ve pasar detrás suyo para, al girar, verlo arrodillarse al lado de Bicht, que
aún permanece tendido a su lado, sobre el césped verde, y ya pregunta:
¿ganamos? ¿ganamos?, y a la vez que Louis Porton le dice que sí, que lo
lograron, que él lo logró, y Bicht llora y pone cara de ser feliz, dice que
cree que se quebró algo adentro suyo, que siente que algo adentro suyo se ha
roto, y entonces Louis Porton pone cara de preocupación y dice: oh, Bicht. Finalmente
la cámara gira y gira como alocada, como si el director por un momento se
hubiera vuelto loco y ya nada le importara, y entonces sólo alcanzamos a
percibir la llegada de una ambulancia, más que nada por la sirena, y la gente
que se va del estadio con las panzas llenas de hot dog. Llegan los títulos, que dicen, y así nos enteramos, que Bicht
no es Bicht sino Michael Rittondo y otras cosas más, y que todo fue verdad, que
toda la puta película fue cierta. Suena una canción de Michael Jackson, creo.
Se encienden las luces del cine.
Pné
Los dos primeros
mails son breves, torpes. Su escritura es apurada. Uno habla de Mbrush, de las
estepas de Mbrush, de hombres con gorros polares, de la salida del sol por las
mañanas, en el este. Otro, de un poblado a unos doscientos kilómetros al sur de
Mbrush, de cabras, de un río congelado que atraviesa todo a lo largo un bosque.
Entre uno y otro hay casi treinta días de diferencia, entre uno y otro, acaso,
nada ha cambiado. Pné desliza sus ojos dos o tres veces cada vez por los textos,
deteniéndose en algún error de ortografía, en alguna inconsistencia lógica. Luego
los elimina de su bandeja de entrada.
Una mañana observa
un instante la pantalla de la oficina de empleo. Desastres naturales, números, en krepec una madre dona el riñón a
su hija, detienen a Kadic en la frontera de Brectov. Pné no presta atención, ni
se interroga acerca de Kadic, Brectov o lo que pasa en otro continente. En
verdad le disgustan las pantallas en silencio. Sin embargo, una palabra, burpen,
se graba en su cabeza. Luego es un residuo que se repite intermitente pero
constante. Pné se aleja de la ciudad, combina dos transportes para regresar a
casa y la palabra está ahí. Burpen. Aparece y desaparece una y otra vez.
Es noche
cerrada ya cuando la repetición cesa. Pné enciende una hornalla, coloca un
caldo al fuego. De repente se dice: intenta mostrarse vivo, intenta probar que
aún está del otro lado. Finalmente cena y se duerme frente a la tv encendida. Pasan
campos verdes, pasan vacas, pasan hombres con pantalones extraños y pañuelos en
el cuello.
Dos semanas
después consigue su primer empleo. Una empresa de reciclaje ubicada en las
afueras de Palstrom la contrata para almacenar datos de diferente tipo. El trabajo
es simple, se limita a recibir papeles, ordenarlos, cargar su información a la
red y luego archivarlos. Treinta horas semanales, buena paga, piensa Pné al
acabar su primera jornada. De regreso a casa compra jugo de frutas y hamburguesas
y se sienta a comer frente a la tv.
Tarde en la
noche suena el teléfono. Entre dormida, atribuye el sonido a la tv. Los timbres
se agotan hasta accionar el contestador y vuelven a comenzar. Por fin, se
espabila y lo observa desde el sillón, ahora con la tv en silencio. Se decide a
atender, pero vuelve a activarse el contestador. Oye una voz fina que reconoce
como la de su madre. Esa voz le pide que se comunique urgente con ella, con su
madre. Pné se queda en el lugar, estática. Cuando el mensaje acaba, busca su
móvil entre la ropa dispersa sobre la cama y lo chequea. Qué estúpida, se dice.
Enciende su computadora portátil y va a la bandeja de entrada de su correo.
Publicidad de consoladores, ofertas de trabajo en la India, un crucero a
galápagos, cadenas de oraciones protestantes.
En su
segundo día de trabajo Pné conoce a Patsy y a Bip. Patsy le agrada menos que
Bip, aunque en verdad es Patsy quien se le acerca. Ambas se ubican a cada lado de
su sector, y sólo las separan delgados tabiques de madera. Para Pné esto es un
alivio. Preferiría no tener que ver constantemente la cara de nadie. Preferiría,
acaso, ver tan sólo las necesarias caras de su superior y del chico negro que
le acerca cada hora más papeles y se lleva otros.
Ese día
toma su primer descanso sola. Sentada a la mesa de la sala acondicionada, juega
con sus manos. No sabe muy bien cómo pasar el tiempo. En verdad, hubiera
preferido seguir trabajando. Acaso por eso, durante su segundo descanso, Patsy se
le acerca. Con los ojos grandes y media sonrisa en los labios, le dice que
también para ella no son fáciles esos quince minutos. Que pueden coordinar para
tomar los descansos juntas, si así lo desea. Ella suele hacerlo con Bip. Ambas
miran hacia el sector de trabajo, Bip, como si lo supiera, retira levemente hacia
atrás su silla y alza su cabeza hacia los vidrios espejados al fondo de la sala.
Sonríe.
A la
salida, Pné se limita a saludar a ambas con la mano. De regreso a casa, camino
a la estación de trenes, se detiene de repente e ingresa en un ciber. Tiene un
nuevo mail. En cierta forma al verlo en la bandeja de entrada guarda cierto
entusiasmo, pero una vez que lo despliega es como si se aburriese, súbitamente.
Lo abandona. Paga, sale del ciber. Recorre una gran distancia a pie, como intentando
acercarse a casa pero sin decidirse a hacerlo definitivamente. De un momento a
otro, acaso por cansancio, pregunta dónde encontrar una estación de trenes. De
esa forma, regresa.
Ni esa
noche ni las siguientes suena el teléfono.
Los
descansos con Patsy y Bip se tornan aceptables. Por lo general Patsy habla
bastante, de diferentes cosas, y Bip y Pné se limitan a asentir o sonreír. En
escasas ocasiones, Bip agrega un comentario seco y un poco descontextualizado que
de todas formas provoca gracia, aunque ella misma no se ría. A Pné esto le hace
pensar que Bip es inteligente y sensible, aunque también indiferente. De todas
formas, aprecia la compañía de ambas. También reconoce que la parte de los
descansos es la peor parte de su empleo.
Tiempo
después, un día de paga, Patsy propone ir a un bar. Bip no responde, vuelve su
cuerpo hacia el sector vidriado. Pné dice que no estaría mal. Patsy sonríe. Dice
conocer un lugar en la interestatal que está muy bien. Allá vamos, agrega
levantando levemente su mano con el dedo índice extendido. Allá vamos, repite
Pné sin fingido entusiasmo. Bip revuelve su café con los ojos clavados en la
mesa limpia y descolorida del sector de descanso.
Al salir
caminan algunas cuadras a la vera de la ruta hasta encontrar el lugar. Adentro,
se sientan a una mesa pequeña ubicada entre la puerta de ingreso y la barra, a
un costado. Hacia el otro hay lo que parece ser una pista de baile de tamaño
reducido. Patsy y Bip eligen tomar vodka, Pné un jugo de frutas. Es Bip quien
busca las bebidas. Luego, la mecánica de los encuentros en la sala de descanso
se repite, aunque esta vez con leves variaciones. Por un lado, Patsy además de
hablar cada vez más fuerte, va cada más seguido al baño. Por otro, con su
segundo o tercer vodka, Bip también habla un poco más. Incluso a veces hace
referencia a la música que suena o gira y observa un instante la pantalla que
cuelga en una esquina del lugar, a sus espaldas, sin audio. Pné se limita a
tomar de a sorbos su jugo de frutas y a sonreír.
En una de
sus idas al baño, Patsy se detiene en la barra. Hace ademanes. Un tipo flaco y
pálido, de barba recortada, la mira indiferente. De este lado, Bip ve la escena
y Pné, la pantalla. Hay una chica morena que se sacude en espasmos, hay hombres
y mujeres, rubios, morenos, negros, que la rodean con sus manos, sin tocarla.
En ocasiones, hay planos largos de barrios pobres y gente bailando. No me
gustan las pantallas en silencio, dice Pné acaso por decir algo. Bip gira y mira
un instante la pantalla. De todas formas, así es más fácil ver algunas cosas,
dice. Por lo menos se ve algo, se corrige. Pné asiente. Ambas se quedan en
silencio, vueltas a la pantalla. Tras un instante y como espabilándose al
sentir que Patsy regresa a la mesa, Bip dice: es como si intentara salirse de
su cuerpo. Ríen.
Más tarde
llega al bar chico negro de la empresa. Ingresa como una tromba con alguien
más, una mujer de pelo colorado. Pné lo reconoce por su modo de andar. Acaso
también Patsy, que le hace señas aunque el negro parezca no percibirlas. De a
ratos la colorada se da vuelta y lo insulta. Patsy continua haciendo señas, Bip
no dice nada. Una vez que la colorada está en la barra, el negro gira y camina
hasta la mesa. Te esperábamos, dice Patsy. El negro no dice nada. Ellas son
Bip, bueno, creo que ya se conocen con Bip, y ella es Pné, dice Patsy. Bip toma
un trago de su vodka. El negro se vuelve otra vez hacia la mesa. Hola, dice
Pné. El es Huono, de la empresa, dice Patsy. Por supuesto, dice Bip. Huono se vuelve
hacia la colorada. Debo irme, dice. Se va.
Un tanto
después, Bip y Pné deciden marcharse. Patsy se queda un poco más. Ya en el
tren, de regreso a casa, la voz de Huono vuelve sobre Pné. Es como si eligiera
cada sílaba por separado, se dice. Luego acomoda su bolso de mano sobre la
ventanilla e intenta dormir.
Por un
tiempo no hay mails. Sí, llamadas telefónicas. No llegan a accionar el
contestador. Pné chequea sus cuentas, su móvil, y nada, sólo los timbrazos se
repiten cada dos o tres días, a veces, cada semana. Se limita a continuar su
vida. Sólo en ocasiones se dice: olvidó o está muerto, pero ni siquiera logra
precisar el sentido de esas palabras. Simplemente son sólo palabras que
aparecen en algún momento de sus días y luego, como vinieron, desaparecen. Puede
estar en el trabajo, aunque en verdad allí es donde menos le sucede, o frente a
la tv, por comer, y de repente están ahí. Palabras. Un cartel luminoso en una carretera
vacía. Al instante siguiente, nada. Las luces se han apagado y solo queda la
ruta. Acaso un esqueleto de metal oxidado. Las voces de la tv vuelven a
mantener una conexión más estrecha con las imágenes.
Una mañana los
timbrazos sorprenden a Pné al despertar. Por fin, levanta el tubo. Estás ahí,
dice la voz de su madre. Sí, dice Pné. Hay silencio. También un ruido de fondo en
la línea que a Pné le hace pensar en estaciones de trenes, acaso en la
vibración de las vías del tren a hora pico, cuando un tren cargado de gente se
acerca u otro se aleja. Luego, la voz de su madre habla de un accidente
cerebral, da explicaciones médicas, repite la dirección de una clínica. Sus
palabras se ordenan en oraciones breves perfectamente moduladas. Solo a veces
sufren leves variaciones de tono, de acuerdo a algún tipo de contenido que Pné
no logra precisar. Acaso cuando requieren la visita al padre en el hospital. Acaso
cuando deslizan un sutil reproche. Pné se limita a mantener el tubo junto a su
oreja y modular un sonido que se asemeje al asentimiento. Finalmente dice adiós
y corta. Toma su bolso de mano, carga el almuerzo y sale para el trabajo. Confía
en llegar a horario, sin demoras.
Una vez en
el tren, cierra su mano sobre la barra de metal y se deja oscilar segura con el
movimiento, entre la gente. Ve su palma izquierda, comprende que copió al
dictado. Se friega las manos. Luego se entretiene leyendo cada publicidad que
aparece a la vera del tren. Pastas de dientes, tonificantes, seguros de vida,
educación privada, etc., etc.
Ese mismo
día, la tarde de ese día, sale del trabajo para regresar a casa y saluda con la
mano a Patsy y Bip. Una cuadra más allá, ingresa al ciber. Va a la bandeja de
entrada de su correo. Súper descuentos, ofertas de trabajo en América,
invitaciones varias de redes sociales. Dos nuevos mails. Entre uno y otro,
apenas 20 días de diferencia. Entre el primero y el último que chequeo Pné,
casi tres meses. Se parecen entre sí. Los dos tienen como asunto nombres de
lugares. Los dos contienen imágenes que semejan postales de pésima calidad.
Acaso escaneadas. En ninguna de las imágenes hay personas, sólo paisajes
pixelados. De Kiev, de Trakwav, acaso. Sólo el segundo agrega unas palabras
bajo la postal. Habla de distintas fronteras, de seguridad, del trabajo solitario
de un guardaparques al norte de Krakwis, de bungalows. Habla de una foto que se
perdió con el robo de una cámara, de sus contrastes, de su tono común. Son sólo
unas pocas líneas apretadas. No hay comas, no hay mayúsculas, no hay conectores.
Está logrando sintetizar, piensa Pné. Luego oprime responder. Eres un estúpido
hijo de una gran puta, tipea martillando con sus dedos finos cada una de las
teclas. ¿Tuviste que dar el número? Ojalá te pudrás. Luego oprime enviar y
abandona el ciber.
Una vez
fuera, dirigiéndose a la estación, ve a Patsy. Al otro lado de la interestatal,
camina junto a Huono. Por un momento tiene la sensación de que Patsy pretende
no haberla visto, sin embargo al momento siguiente es Patsy quien se gira y le
hace un gesto con la mano. Pné se decide a cruzar. Al otro lado, intercambian
algunas palabras y comienzan a caminar. En la esquina siguiente giran hacia
adentro, alejándose de la interestatal.
En el
trayecto se encuentran con la colorada, que increpa a Huono. Huono le responde
con voz baja y grave y le da dinero. Pné no logra precisar su lenguaje. La
colorada sigue camino hacia el otro lado. Un tanto más allá, atraviesan una
puerta de rejas y se internan en un pasillo rodeado por pequeños edificios
descascarados, silenciosos. Suben una escalera de metal oxidado y entran en uno
de los departamentos. Al abrir la puerta, Huono golpea con su mano izquierda el
marco. Una cicatriz breve le atraviesa el anular y resalta en su mano negra.
Adentro
Huono pone música y Patsy se esfuerza en preguntar si hay vodka. En buscarlo y
servirlo. Pné se acomoda en un sillón. Huele a negro, piensa. Sabe que no
podría describir ese olor, pero lo piensa. Se limita a estar callada. Patsy regresa
con el vodka y comienza a hablar. En voz bastante alta. Del trabajo, de los descansos
en el trabajo, de las cuentas por pagar, de la situación económica de su
hermana Polly, al este de Wruft, de los contratos en Wruft y el arrendamiento
de automóviles. De las mineras y sus pagas. Desliza algunos insultos, ríe. Su
risa hace pensar a Pné en una naranja exprimida. Todo el tiempo, Huono
permanece en la cocina. Luego sale y se mete en lo que parece ser un baño.
Patsy ensaya un brindis al aire. Pné se para y camina hasta la cocina. A
oscuras frente al refrigerador, siente la presencia de Huono. Escuchá su música
grave y rítmica, y cree estar siendo observada. Va hasta el fondo de la cocina
y descorre un pedazo de tela oscura que cubre una ventana. Ve, al otro lado, un
basural. Más allá, las instalaciones de la empresa. Se vuelve hasta el refrigerador
y saca una coca. Regresa, dice a Patsy que se marcha.
Parada sobre
las escaleras de metal oxidado, con el sonido de la puerta aun en sus oídos, escucha
hablar a Huono. Piensa su lenguaje como pedazos de cosas diferentes. Sabe que
no podría explicarlo. Se va.
Llega a
casa un tanto más tarde que lo habitual, pero no lo suficiente como para tener
sueño. Acaso por eso se queda frente a la tv hasta bien entrada la noche. Ve un
programa de preguntas y respuestas, ve el sermón de un cura, ve un largo y
aburrido documental acerca de dos cineastas hermanos, oriundos de un lugar frío,
o así le parece. Acaso Bélgica. Duerme.
Luego todo
continúa de la misma forma. Acaso sólo se da una leve variación en la relación
de Pné con Bip, pero esto es improbable. O inconsistente. Tal como un residuo,
como burpen, es algo que está ahí en un momento y al momento siguiente ya no lo
está. Acaso por eso, cada vez que el residuo enciende sus luces, Pné piensa en
una mañana. En un gesto, en la letra en inglés de una canción. La situación es
más o menos la siguiente. Pné y Bip trabajan, llevan dos o tres horas ordenando
papeles, cargando sus datos a la red, archivándolos. De pronto, Bip retira su
silla hacia atrás y mira a Pné un instante. Le ofrece sus auriculares. Pné se
los coloca. Durante unos cuatro minutos lleva el tiempo con su pie derecho. Luego
se desentiende de los auriculares. Sonríe. También Bip, pero Pné siente su
sonrisa distinta a la suya. Por último, Bip vuelve los ojos a las oficinas
vidriadas al otro lado de la sala de descanso y alza la mano como saludando. Vuelve
a ocultarse tras el tabique de madera. Fin de la escena.
Los mails componen
una serie de tres que se extiende por un periodo de aproximadamente seis meses,
o más. Su escritura es dilatada y paciente. Distante. La de alguien que cree
tener todo el tiempo del mundo o se está volviendo loco, piensa Pné. El primero
habla de ciudades, de oficinas de empleo y de tendidos eléctricos. De albergues
viejos, probablemente construidos durante la segunda guerra mundial. De señales
anónimas. Los restantes, no difieren en mucho de éste. Se repiten los tendidos
eléctricos, los oficinistas. Se repiten las señales anónimas. En los
subterráneos, en las calles. Sin embargo, también se superponen nuevos datos. Se
superponen amables lava copas hindúes, cámaras de seguridad, niños con navajas.
Se superponen cúpulas de catedrales antiguas, drogas de diseño. También, sobre
el cierre del segundo, una frase: tuve que hacerlo. Es la escritura de un loco,
piensa Pné. De un loco o de un zombie, se repite. Es la escritura de un zombie
loco hijo de una gran puta que sólo quiere atención y cree tener todo el tiempo
a su favor, confirma, por fin. Luego los elimina, sumariamente, de su bandeja
de entrada.
Durante dos
semanas, las llamadas telefónicas vuelven a repetirse. Es tarde, Pné dormita
frente a la tv encendida y los timbrazos están ahí, puntuales, una y otra vez. Se
limita a dejarlos agotarse, a dejar que el contestador haga su trabajo. Vuelve
a dormir.
Un día de
franco despierta más tarde que lo habitual. Lava su cara, enciende su computadora
portátil, chequea su cuenta de correo. Avisos de redes sociales, cadenas de
mails de contactos conocidos con fotografías, propagandas de candidatos
políticos, correo basura. Pné despliega uno. Pasajes de avión en temporada
baja, 50% off. Lo deja en pantalla y prepara el desayuno. Luego, navega
entreteniéndose con los destinos y los costos y las fechas disponibles. Voy a
ir, se dice, de repente, al dejar la taza y el plato en el lavadero. Apaga su
computadora portátil y se viste.
No se
sorprende en absoluto al recordar la dirección. Menos aún, tras una hora y
media de viaje y dos transportes, de dar con su ubicación exacta. En mesa de
entrada le indican hacia dónde dirigirse. Pné camina los pasillos blancos desgastados
y sube dos pisos por escalera. Le gusta el olor, o al menos no le disgusta. Le
gusta el lenguaje preciso y neutro de las señalizaciones, o se siente guiada. Al
llegar a la habitación correcta, se detiene frente a la puerta cerrada. Por un
instante es como si dudara o esperase encontrar a alguien más. A lo largo del
pasillo, ve pasar personal del hospital, gente común, camillas. Todo blanco.
Ninguna cara conocida. Contra la pared, en un banco, hay una mujer vieja. Gorda,
pecosa. Se sostiene ambas manos juntas sobre el abdomen, la observa. Pné da un
empujón a la puerta y entra.
Ve una cara
pálida, una cabeza afeitada. Ve cables, sábanas blancas, un florero. Ve un
cuadro. Ve un portarretratos. Ve un brazo magullado. Ve una ventana cubierta de
luz.
Afuera, la
mujer gorda la llama. Pregunta si le dieron un acceso en la entrada o posee
algún tipo de pase especial. Pregunta por el doctor Mosh. Aprieta una mano con
la otra. Pné se queda en silencio. La mujer habla de un niño. De un accidente
doméstico. Los padres, la mujer, el niño. Una piscina vacía. Se le humedecen
los ojos. Pné se limita a escucharla. De pronto, la mujer se detiene y pide
disculpas. Dice comprender también su situación y toca levemente su brazo
derecho. Vuelve a sentarse en el banco, acaso, a rezar.
Al salir, se
sienta en una pared baja que recorre todo a lo largo el frente de la clínica. Los
codos en las rodillas, las manos en la barbilla. La mirada fija y móvil a la
vez. Acaso piensa en los mails, acaso, en la canción que Bip le hizo escuchar,
en las llamadas telefónicas. Acaso no piensa en nada. Un guardia le dice que
está prohibido sentarse ahí y luego se encierra en un garito. Pné se para y se
queda estática en el lugar. Ve un automóvil rojo atravesar la avenida
lentamente. Más allá, obtener el verde y girar hacia el estacionamiento. Una
vez que ha ingresado, camina hacia el otro lado.
Para
regresar, toma un solo transporte. Casi al abordar el segundo, se decide a no
hacerlo. Caminando, atraviesa zonas comerciales, barrios residenciales grandes,
pequeños consorcios de departamentos. El cielo tiene un tono neutro, la
temperatura no es demasiado helada, aunque en ocasiones Pné sienta frio y guarde
sus manos en los bolsillos de su campera liviana. A dos cuadras de su casa,
atraviesa una plaza. Acaso por el cansancio, cree no saber que estaba ahí.
Acaso por lo largo del día, se sienta en una hamaca. Hay una mujer con un carro
de bebe, hay niños en corro observando atentos algo impreciso, sobre el suelo
de cemento. Acaso un animal herido, incapaz de moverse. Hay, a lo lejos,
adolescentes que le dan miedo. Se hamaca unas cuantas veces. Luego se marcha.
En casa,
lava su cara, se mira al espejo. Una decisión precoz, acertada, se dice,
mirándose al espejo. Hace el gesto de una sonrisa.
Al día siguiente
vuelve al trabajo. Todo sigue su mismo curso. Acaso por eso, es Pné quien
insiste, al terminar la jornada, en ir al bar. Patsy y Bip aceptan.
Se sientan
a la misma mesa que la primera vez. Bip y Patsy toman Vodka, Pné un juego de
frutas. Patsy busca las bebidas y se demora en la barra. Bip y Pné escuchan la
música y comentan diferentes cosas. La decoración del bar, el tipo pálido de la
barra, los tragos fuertes y los tragos suaves. En ocasiones, Pné se queda
mirando la pantalla un buen tiempo, tomando de a sorbos su jugo de frutas, y
Bip lleva el tiempo de la música con sus dedos, contra la mesa. Luego todo
vuelve a repetirse.
Sin
embargo, en un momento, Pné se queda más tiempo de lo habitual vuelta a la
pantalla. Ve hombres con cuchillos y grandes animales caídos. Ve gente con
pañuelos en la cara arrojando piedras. Ve un inmenso elefante en una piscina, un
río congelado. Ve dos hombres barbudos sangrando sobre el cemento. Han
interrumpido la programación por algún motivo especial o hay algún tipo de
interferencia, piensa. Toca el brazo de Bip para que se vuelva a ver, pero las
imágenes vuelven a cinco o más tipos en una coreografía. Luego a tres, o dos,
uno no tiene bien un ojo. Luego a una mujer vestida de negro. ¿Qué?, dice Bip.
Nada, dice Pné. Bip sonríe y se le queda mirando.
Más tarde
llega Huono y se pierde hacia el otro lado, donde la pista de baile. Patsy lo
sigue. Hay silencio. De repente, Pné se espabila. Cómo era la canción que me
hiciste escuchar, pregunta. Oh, no puedo recordarlo ahora. No puedo recordarlo
con tanta música alrededor, dice Bip. Vuelve el silencio. Pné piensa comentar
lo que vio en la pantalla. Luego, se pregunta que para qué. O cómo. Se queda
pensando en eso, en cómo. También, sin saber por qué, piensa en el lenguaje de
Huono, en su música, su voz.
Entonces, como
una tromba, la colorada. Acaso las reconoce. Va directamente hasta la mesa y
las insulta. Putas drogadictas. Zorras millonarias drogadictas. Pné y Bip se
limitan a escuchar. Culos acomodadas. Putas drogadictas. Golpea la mesa. No se
mantiene en pie. Soretes melancólicos. Soretes nostálgicos del bienestar.
Dopadas hijas de una gran puta. Hijas de papá. Putas drogadictas. El tipo
pálido y flaco la toma por detrás y la lleva hasta la barra. Pné se para y va
hasta el baño. Da un empujón en la puerta. Ve el culo blanco de Patsy, su
cuerpo hincado. Ve la verga muerta de Huono, la lengua pastosa de Patsy,
lamiendo. Ve la cicatriz en la mano negra de Huono sobre la espalda de Patsy.
Ve algo en esa mano. Ve muchísimas palabras rayoneadas sobre las paredes del
baño con todo tipo de caligrafías, instrumentos, gramáticas, lenguajes. Ve
infinidad de palabras que intentan decir algo, o no decir absolutamente nada. Se
va.
Mientras
aguardan el tren, Bip chasquea los dedos. Lo tengo, dice. Qué, dice Pné. Lo
tengo, repite Bip. Lo tienes, dice Pné. Lo tengo, dice Bip. Qué, repite Pné.
Hay silencio. Lo tengo, dice Bip. Lo tienes, dice Pné. Sí, dice Bip. Canturrea.
Luego, silencio. Acaso incómodo, acaso liberador. Acaso, silencio.
De pronto,
casi a la vez, Bip y Pné, cantan:
Ayer
desperté chupando un limón
Ayer
desperté chupando un limón
Ayer
desperté chupando un limón
Casi
gritan. Ríen.
Ayer
desperté chupando un limón
Ayer
desperté chupando un limón
Ayer
desperté chupando un limón
Es un
momento. Luego lucen agotadas, se quedan mirándose. Bip da un beso Pné. Pné no
se niega. Sin embargo, cuando siente la vibración de las vías del tren se
desentiende. Da un paso y se vuelve a ver. Abraza a Bip. Finalmente, sube el
tren.
Una semana
después tiene un nuevo mail en su bandeja de entrada. Son unas pocas palabras.
Secas. Hablan de formas de ver el cielo, de climas. Hablan de formas de
acurrucarse en las estaciones, para dormir, de caminos agrietados y de goteras.
Por todas partes. Hablan de formas de saludar y de decir adiós. Pné las relee
varias veces. De principio a fin, salteando oraciones, modificando su orden. Está
regresando, se dice, por fin. Está regresando o piensa tirarse de un puente, se
repite. Luego apaga su computadora portátil y se pone a lavar los platos sucios
acumulados. Primero los coloca a todos en remojo, luego friega uno a uno con
detergente y lo enjuaga. Por último, lo deposita en el escurridor. Es mi día
libre, se dice, cuando acaba. No estaría mal ir a la plaza.
Al salir se
detiene a la entrada del edificio. Acaso siente un olor raro, acaso, le llama la
atención ver poca gente en la calle. Se queda estática. Mira el cielo, ve pequeñas
cosas flotando en el aire. Residuos. Polvo, una bolsa de naylón, algunos
papeles. No hay viento, pero sí una brisa fresca. Se pregunta si hubo una
tormenta o estará por llegar. Luego se sienta en el borde del hall de entrada a
mirar las cosas flotar en el aire, suspendidas.
Más tarde camina
hasta un mercado y compra un jugo de frutas. Regresa. Sentada otra vez en el
hall, lo toma del pico. Bueno, ahora lo sabe, se dice, de repente. Por fin lo
sabe, vuelve a decirse. Luego vuelve a entrar a su casa.
de regreso en su estúpido pueblo
jeans zapatillas rojas campera roja polera
marlboro box cerveza cuatro por cuatros veloces atravesando la avenida
sombras gastadas contra una pelota brillante un disco que salta hacia atrás y cae más allá
un fluorescente blanco
viejos blues de amor y desamor y una voz agrietada haciéndose lugar desde los maravillosos sesentas
un piano suspendido entre un séptimo piso y la nada
cayendo
su imagen robada y alguien durmiendo en casa
el cuero de un cinto blanco
el tic-tac de los días
luces artificiales en la montaña la piel del pecho lleno subiendo bajando persianas cerradas
dos bolitas girando en la boca clara de un lobo blanco
fiebre y olor a meada rancia
el maletín falso de un médico verdadero la lucidez de la lavandina a ciertas horas de la madrugada el grito y la ahogada necesidad de un chupete
una pista de atletismo sobre el plástico de la mesa palabras la chispa de un encendedor dos ojos húmedos espesos contra la cara un chispazo las manos astilladas contra el vaso tibio y un sueldo del estado el orden numérico de lo indecible
una rosa roja sobre un cajón de muerto:
……………………
él le pregunto por el odio:
si alguna vez había odiado, debió de preguntarle.
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