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Pné


Los dos primeros mails son breves, torpes. Su escritura es apurada. Uno habla de Mbrush, de las estepas de Mbrush, de hombres con gorros polares, de la salida del sol por las mañanas, en el este. Otro, de un poblado a unos doscientos kilómetros al sur de Mbrush, de cabras, de un río congelado que atraviesa todo a lo largo un bosque. Entre uno y otro hay casi treinta días de diferencia, entre uno y otro, acaso, nada ha cambiado. Pné desliza sus ojos dos o tres veces cada vez por los textos, deteniéndose en algún error de ortografía, en alguna inconsistencia lógica. Luego los elimina de su bandeja de entrada.
Una mañana observa un instante la pantalla de la oficina de empleo. Desastres naturales,  números, en krepec una madre dona el riñón a su hija, detienen a Kadic en la frontera de Brectov. Pné no presta atención, ni se interroga acerca de Kadic, Brectov o lo que pasa en otro continente. En verdad le disgustan las pantallas en silencio. Sin embargo, una palabra, burpen, se graba en su cabeza. Luego es un residuo que se repite intermitente pero constante. Pné se aleja de la ciudad, combina dos transportes para regresar a casa y la palabra está ahí. Burpen. Aparece y desaparece una y otra vez.
Es noche cerrada ya cuando la repetición cesa. Pné enciende una hornalla, coloca un caldo al fuego. De repente se dice: intenta mostrarse vivo, intenta probar que aún está del otro lado. Finalmente cena y se duerme frente a la tv encendida. Pasan campos verdes, pasan vacas, pasan hombres con pantalones extraños y pañuelos en el cuello.

Dos semanas después consigue su primer empleo. Una empresa de reciclaje ubicada en las afueras de Palstrom la contrata para almacenar datos de diferente tipo. El trabajo es simple, se limita a recibir papeles, ordenarlos, cargar su información a la red y luego archivarlos. Treinta horas semanales, buena paga, piensa Pné al acabar su primera jornada. De regreso a casa compra jugo de frutas y hamburguesas y se sienta a comer frente a la tv.
Tarde en la noche suena el teléfono. Entre dormida, atribuye el sonido a la tv. Los timbres se agotan hasta accionar el contestador y vuelven a comenzar. Por fin, se espabila y lo observa desde el sillón, ahora con la tv en silencio. Se decide a atender, pero vuelve a activarse el contestador. Oye una voz fina que reconoce como la de su madre. Esa voz le pide que se comunique urgente con ella, con su madre. Pné se queda en el lugar, estática. Cuando el mensaje acaba, busca su móvil entre la ropa dispersa sobre la cama y lo chequea. Qué estúpida, se dice. Enciende su computadora portátil y va a la bandeja de entrada de su correo. Publicidad de consoladores, ofertas de trabajo en la India, un crucero a galápagos, cadenas de oraciones protestantes.

En su segundo día de trabajo Pné conoce a Patsy y a Bip. Patsy le agrada menos que Bip, aunque en verdad es Patsy quien se le acerca. Ambas se ubican a cada lado de su sector, y sólo las separan delgados tabiques de madera. Para Pné esto es un alivio. Preferiría no tener que ver constantemente la cara de nadie. Preferiría, acaso, ver tan sólo las necesarias caras de su superior y del chico negro que le acerca cada hora más papeles y se lleva otros.
Ese día toma su primer descanso sola. Sentada a la mesa de la sala acondicionada, juega con sus manos. No sabe muy bien cómo pasar el tiempo. En verdad, hubiera preferido seguir trabajando. Acaso por eso, durante su segundo descanso, Patsy se le acerca. Con los ojos grandes y media sonrisa en los labios, le dice que también para ella no son fáciles esos quince minutos. Que pueden coordinar para tomar los descansos juntas, si así lo desea. Ella suele hacerlo con Bip. Ambas miran hacia el sector de trabajo, Bip, como si lo supiera, retira levemente hacia atrás su silla y alza su cabeza hacia los vidrios espejados al fondo de la sala. Sonríe.
A la salida, Pné se limita a saludar a ambas con la mano. De regreso a casa, camino a la estación de trenes, se detiene de repente e ingresa en un ciber. Tiene un nuevo mail. En cierta forma al verlo en la bandeja de entrada guarda cierto entusiasmo, pero una vez que lo despliega es como si se aburriese, súbitamente. Lo abandona. Paga, sale del ciber. Recorre una gran distancia a pie, como intentando acercarse a casa pero sin decidirse a hacerlo definitivamente. De un momento a otro, acaso por cansancio, pregunta dónde encontrar una estación de trenes. De esa forma, regresa.

Ni esa noche ni las siguientes suena el teléfono.

Los descansos con Patsy y Bip se tornan aceptables. Por lo general Patsy habla bastante, de diferentes cosas, y Bip y Pné se limitan a asentir o sonreír. En escasas ocasiones, Bip agrega un comentario seco y un poco descontextualizado que de todas formas provoca gracia, aunque ella misma no se ría. A Pné esto le hace pensar que Bip es inteligente y sensible, aunque también indiferente. De todas formas, aprecia la compañía de ambas. También reconoce que la parte de los descansos es la peor parte de su empleo.
Tiempo después, un día de paga, Patsy propone ir a un bar. Bip no responde, vuelve su cuerpo hacia el sector vidriado. Pné dice que no estaría mal. Patsy sonríe. Dice conocer un lugar en la interestatal que está muy bien. Allá vamos, agrega levantando levemente su mano con el dedo índice extendido. Allá vamos, repite Pné sin fingido entusiasmo. Bip revuelve su café con los ojos clavados en la mesa limpia y descolorida del sector de descanso.
Al salir caminan algunas cuadras a la vera de la ruta hasta encontrar el lugar. Adentro, se sientan a una mesa pequeña ubicada entre la puerta de ingreso y la barra, a un costado. Hacia el otro hay lo que parece ser una pista de baile de tamaño reducido. Patsy y Bip eligen tomar vodka, Pné un jugo de frutas. Es Bip quien busca las bebidas. Luego, la mecánica de los encuentros en la sala de descanso se repite, aunque esta vez con leves variaciones. Por un lado, Patsy además de hablar cada vez más fuerte, va cada más seguido al baño. Por otro, con su segundo o tercer vodka, Bip también habla un poco más. Incluso a veces hace referencia a la música que suena o gira y observa un instante la pantalla que cuelga en una esquina del lugar, a sus espaldas, sin audio. Pné se limita a tomar de a sorbos su jugo de frutas y a sonreír.
En una de sus idas al baño, Patsy se detiene en la barra. Hace ademanes. Un tipo flaco y pálido, de barba recortada, la mira indiferente. De este lado, Bip ve la escena y Pné, la pantalla. Hay una chica morena que se sacude en espasmos, hay hombres y mujeres, rubios, morenos, negros, que la rodean con sus manos, sin tocarla. En ocasiones, hay planos largos de barrios pobres y gente bailando. No me gustan las pantallas en silencio, dice Pné acaso por decir algo. Bip gira y mira un instante la pantalla. De todas formas, así es más fácil ver algunas cosas, dice. Por lo menos se ve algo, se corrige. Pné asiente. Ambas se quedan en silencio, vueltas a la pantalla. Tras un instante y como espabilándose al sentir que Patsy regresa a la mesa, Bip dice: es como si intentara salirse de su cuerpo. Ríen.
Más tarde llega al bar chico negro de la empresa. Ingresa como una tromba con alguien más, una mujer de pelo colorado. Pné lo reconoce por su modo de andar. Acaso también Patsy, que le hace señas aunque el negro parezca no percibirlas. De a ratos la colorada se da vuelta y lo insulta. Patsy continua haciendo señas, Bip no dice nada. Una vez que la colorada está en la barra, el negro gira y camina hasta la mesa. Te esperábamos, dice Patsy. El negro no dice nada. Ellas son Bip, bueno, creo que ya se conocen con Bip, y ella es Pné, dice Patsy. Bip toma un trago de su vodka. El negro se vuelve otra vez hacia la mesa. Hola, dice Pné. El es Huono, de la empresa, dice Patsy. Por supuesto, dice Bip. Huono se vuelve hacia la colorada. Debo irme, dice. Se va.

Un tanto después, Bip y Pné deciden marcharse. Patsy se queda un poco más. Ya en el tren, de regreso a casa, la voz de Huono vuelve sobre Pné. Es como si eligiera cada sílaba por separado, se dice. Luego acomoda su bolso de mano sobre la ventanilla e intenta dormir.

Por un tiempo no hay mails. Sí, llamadas telefónicas. No llegan a accionar el contestador. Pné chequea sus cuentas, su móvil, y nada, sólo los timbrazos se repiten cada dos o tres días, a veces, cada semana. Se limita a continuar su vida. Sólo en ocasiones se dice: olvidó o está muerto, pero ni siquiera logra precisar el sentido de esas palabras. Simplemente son sólo palabras que aparecen en algún momento de sus días y luego, como vinieron, desaparecen. Puede estar en el trabajo, aunque en verdad allí es donde menos le sucede, o frente a la tv, por comer, y de repente están ahí. Palabras. Un cartel luminoso en una carretera vacía. Al instante siguiente, nada. Las luces se han apagado y solo queda la ruta. Acaso un esqueleto de metal oxidado. Las voces de la tv vuelven a mantener una conexión más estrecha con las imágenes.

Una mañana los timbrazos sorprenden a Pné al despertar. Por fin, levanta el tubo. Estás ahí, dice la voz de su madre. Sí, dice Pné. Hay silencio. También un ruido de fondo en la línea que a Pné le hace pensar en estaciones de trenes, acaso en la vibración de las vías del tren a hora pico, cuando un tren cargado de gente se acerca u otro se aleja. Luego, la voz de su madre habla de un accidente cerebral, da explicaciones médicas, repite la dirección de una clínica. Sus palabras se ordenan en oraciones breves perfectamente moduladas. Solo a veces sufren leves variaciones de tono, de acuerdo a algún tipo de contenido que Pné no logra precisar. Acaso cuando requieren la visita al padre en el hospital. Acaso cuando deslizan un sutil reproche. Pné se limita a mantener el tubo junto a su oreja y modular un sonido que se asemeje al asentimiento. Finalmente dice adiós y corta. Toma su bolso de mano, carga el almuerzo y sale para el trabajo. Confía en llegar a horario, sin demoras.
Una vez en el tren, cierra su mano sobre la barra de metal y se deja oscilar segura con el movimiento, entre la gente. Ve su palma izquierda, comprende que copió al dictado. Se friega las manos. Luego se entretiene leyendo cada publicidad que aparece a la vera del tren. Pastas de dientes, tonificantes, seguros de vida, educación privada, etc., etc.

Ese mismo día, la tarde de ese día, sale del trabajo para regresar a casa y saluda con la mano a Patsy y Bip. Una cuadra más allá, ingresa al ciber. Va a la bandeja de entrada de su correo. Súper descuentos, ofertas de trabajo en América, invitaciones varias de redes sociales. Dos nuevos mails. Entre uno y otro, apenas 20 días de diferencia. Entre el primero y el último que chequeo Pné, casi tres meses. Se parecen entre sí. Los dos tienen como asunto nombres de lugares. Los dos contienen imágenes que semejan postales de pésima calidad. Acaso escaneadas. En ninguna de las imágenes hay personas, sólo paisajes pixelados. De Kiev, de Trakwav, acaso. Sólo el segundo agrega unas palabras bajo la postal. Habla de distintas fronteras, de seguridad, del trabajo solitario de un guardaparques al norte de Krakwis, de bungalows. Habla de una foto que se perdió con el robo de una cámara, de sus contrastes, de su tono común. Son sólo unas pocas líneas apretadas. No hay comas, no hay mayúsculas, no hay conectores. Está logrando sintetizar, piensa Pné. Luego oprime responder. Eres un estúpido hijo de una gran puta, tipea martillando con sus dedos finos cada una de las teclas. ¿Tuviste que dar el número? Ojalá te pudrás. Luego oprime enviar y abandona el ciber.
Una vez fuera, dirigiéndose a la estación, ve a Patsy. Al otro lado de la interestatal, camina junto a Huono. Por un momento tiene la sensación de que Patsy pretende no haberla visto, sin embargo al momento siguiente es Patsy quien se gira y le hace un gesto con la mano. Pné se decide a cruzar. Al otro lado, intercambian algunas palabras y comienzan a caminar. En la esquina siguiente giran hacia adentro, alejándose de la interestatal.

En el trayecto se encuentran con la colorada, que increpa a Huono. Huono le responde con voz baja y grave y le da dinero. Pné no logra precisar su lenguaje. La colorada sigue camino hacia el otro lado. Un tanto más allá, atraviesan una puerta de rejas y se internan en un pasillo rodeado por pequeños edificios descascarados, silenciosos. Suben una escalera de metal oxidado y entran en uno de los departamentos. Al abrir la puerta, Huono golpea con su mano izquierda el marco. Una cicatriz breve le atraviesa el anular y resalta en su mano negra.
Adentro Huono pone música y Patsy se esfuerza en preguntar si hay vodka. En buscarlo y servirlo. Pné se acomoda en un sillón. Huele a negro, piensa. Sabe que no podría describir ese olor, pero lo piensa. Se limita a estar callada. Patsy regresa con el vodka y comienza a hablar. En voz bastante alta. Del trabajo, de los descansos en el trabajo, de las cuentas por pagar, de la situación económica de su hermana Polly, al este de Wruft, de los contratos en Wruft y el arrendamiento de automóviles. De las mineras y sus pagas. Desliza algunos insultos, ríe. Su risa hace pensar a Pné en una naranja exprimida. Todo el tiempo, Huono permanece en la cocina. Luego sale y se mete en lo que parece ser un baño. Patsy ensaya un brindis al aire. Pné se para y camina hasta la cocina. A oscuras frente al refrigerador, siente la presencia de Huono. Escuchá su música grave y rítmica, y cree estar siendo observada. Va hasta el fondo de la cocina y descorre un pedazo de tela oscura que cubre una ventana. Ve, al otro lado, un basural. Más allá, las instalaciones de la empresa. Se vuelve hasta el refrigerador y saca una coca. Regresa, dice a Patsy que se marcha.
Parada sobre las escaleras de metal oxidado, con el sonido de la puerta aun en sus oídos, escucha hablar a Huono. Piensa su lenguaje como pedazos de cosas diferentes. Sabe que no podría explicarlo. Se va.

Llega a casa un tanto más tarde que lo habitual, pero no lo suficiente como para tener sueño. Acaso por eso se queda frente a la tv hasta bien entrada la noche. Ve un programa de preguntas y respuestas, ve el sermón de un cura, ve un largo y aburrido documental acerca de dos cineastas hermanos, oriundos de un lugar frío, o así le parece. Acaso Bélgica. Duerme.

Luego todo continúa de la misma forma. Acaso sólo se da una leve variación en la relación de Pné con Bip, pero esto es improbable. O inconsistente. Tal como un residuo, como burpen, es algo que está ahí en un momento y al momento siguiente ya no lo está. Acaso por eso, cada vez que el residuo enciende sus luces, Pné piensa en una mañana. En un gesto, en la letra en inglés de una canción. La situación es más o menos la siguiente. Pné y Bip trabajan, llevan dos o tres horas ordenando papeles, cargando sus datos a la red, archivándolos. De pronto, Bip retira su silla hacia atrás y mira a Pné un instante. Le ofrece sus auriculares. Pné se los coloca. Durante unos cuatro minutos lleva el tiempo con su pie derecho. Luego se desentiende de los auriculares. Sonríe. También Bip, pero Pné siente su sonrisa distinta a la suya. Por último, Bip vuelve los ojos a las oficinas vidriadas al otro lado de la sala de descanso y alza la mano como saludando. Vuelve a ocultarse tras el tabique de madera. Fin de la escena.
Los mails componen una serie de tres que se extiende por un periodo de aproximadamente seis meses, o más. Su escritura es dilatada y paciente. Distante. La de alguien que cree tener todo el tiempo del mundo o se está volviendo loco, piensa Pné. El primero habla de ciudades, de oficinas de empleo y de tendidos eléctricos. De albergues viejos, probablemente construidos durante la segunda guerra mundial. De señales anónimas. Los restantes, no difieren en mucho de éste. Se repiten los tendidos eléctricos, los oficinistas. Se repiten las señales anónimas. En los subterráneos, en las calles. Sin embargo, también se superponen nuevos datos. Se superponen amables lava copas hindúes, cámaras de seguridad, niños con navajas. Se superponen cúpulas de catedrales antiguas, drogas de diseño. También, sobre el cierre del segundo, una frase: tuve que hacerlo. Es la escritura de un loco, piensa Pné. De un loco o de un zombie, se repite. Es la escritura de un zombie loco hijo de una gran puta que sólo quiere atención y cree tener todo el tiempo a su favor, confirma, por fin. Luego los elimina, sumariamente, de su bandeja de entrada.

Durante dos semanas, las llamadas telefónicas vuelven a repetirse. Es tarde, Pné dormita frente a la tv encendida y los timbrazos están ahí, puntuales, una y otra vez. Se limita a dejarlos agotarse, a dejar que el contestador haga su trabajo. Vuelve a dormir.

Un día de franco despierta más tarde que lo habitual. Lava su cara, enciende su computadora portátil, chequea su cuenta de correo. Avisos de redes sociales, cadenas de mails de contactos conocidos con fotografías, propagandas de candidatos políticos, correo basura. Pné despliega uno. Pasajes de avión en temporada baja, 50% off. Lo deja en pantalla y prepara el desayuno. Luego, navega entreteniéndose con los destinos y los costos y las fechas disponibles. Voy a ir, se dice, de repente, al dejar la taza y el plato en el lavadero. Apaga su computadora portátil y se viste.
No se sorprende en absoluto al recordar la dirección. Menos aún, tras una hora y media de viaje y dos transportes, de dar con su ubicación exacta. En mesa de entrada le indican hacia dónde dirigirse. Pné camina los pasillos blancos desgastados y sube dos pisos por escalera. Le gusta el olor, o al menos no le disgusta. Le gusta el lenguaje preciso y neutro de las señalizaciones, o se siente guiada. Al llegar a la habitación correcta, se detiene frente a la puerta cerrada. Por un instante es como si dudara o esperase encontrar a alguien más. A lo largo del pasillo, ve pasar personal del hospital, gente común, camillas. Todo blanco. Ninguna cara conocida. Contra la pared, en un banco, hay una mujer vieja. Gorda, pecosa. Se sostiene ambas manos juntas sobre el abdomen, la observa. Pné da un empujón a la puerta y entra.
Ve una cara pálida, una cabeza afeitada. Ve cables, sábanas blancas, un florero. Ve un cuadro. Ve un portarretratos. Ve un brazo magullado. Ve una ventana cubierta de luz.

Afuera, la mujer gorda la llama. Pregunta si le dieron un acceso en la entrada o posee algún tipo de pase especial. Pregunta por el doctor Mosh. Aprieta una mano con la otra. Pné se queda en silencio. La mujer habla de un niño. De un accidente doméstico. Los padres, la mujer, el niño. Una piscina vacía. Se le humedecen los ojos. Pné se limita a escucharla. De pronto, la mujer se detiene y pide disculpas. Dice comprender también su situación y toca levemente su brazo derecho. Vuelve a sentarse en el banco, acaso, a rezar.
Al salir, se sienta en una pared baja que recorre todo a lo largo el frente de la clínica. Los codos en las rodillas, las manos en la barbilla. La mirada fija y móvil a la vez. Acaso piensa en los mails, acaso, en la canción que Bip le hizo escuchar, en las llamadas telefónicas. Acaso no piensa en nada. Un guardia le dice que está prohibido sentarse ahí y luego se encierra en un garito. Pné se para y se queda estática en el lugar. Ve un automóvil rojo atravesar la avenida lentamente. Más allá, obtener el verde y girar hacia el estacionamiento. Una vez que ha ingresado, camina hacia el otro lado.

Para regresar, toma un solo transporte. Casi al abordar el segundo, se decide a no hacerlo. Caminando, atraviesa zonas comerciales, barrios residenciales grandes, pequeños consorcios de departamentos. El cielo tiene un tono neutro, la temperatura no es demasiado helada, aunque en ocasiones Pné sienta frio y guarde sus manos en los bolsillos de su campera liviana. A dos cuadras de su casa, atraviesa una plaza. Acaso por el cansancio, cree no saber que estaba ahí. Acaso por lo largo del día, se sienta en una hamaca. Hay una mujer con un carro de bebe, hay niños en corro observando atentos algo impreciso, sobre el suelo de cemento. Acaso un animal herido, incapaz de moverse. Hay, a lo lejos, adolescentes que le dan miedo. Se hamaca unas cuantas veces. Luego se marcha.

En casa, lava su cara, se mira al espejo. Una decisión precoz, acertada, se dice, mirándose al espejo. Hace el gesto de una sonrisa.

Al día siguiente vuelve al trabajo. Todo sigue su mismo curso. Acaso por eso, es Pné quien insiste, al terminar la jornada, en ir al bar. Patsy y Bip aceptan.
Se sientan a la misma mesa que la primera vez. Bip y Patsy toman Vodka, Pné un juego de frutas. Patsy busca las bebidas y se demora en la barra. Bip y Pné escuchan la música y comentan diferentes cosas. La decoración del bar, el tipo pálido de la barra, los tragos fuertes y los tragos suaves. En ocasiones, Pné se queda mirando la pantalla un buen tiempo, tomando de a sorbos su jugo de frutas, y Bip lleva el tiempo de la música con sus dedos, contra la mesa. Luego todo vuelve a repetirse.
Sin embargo, en un momento, Pné se queda más tiempo de lo habitual vuelta a la pantalla. Ve hombres con cuchillos y grandes animales caídos. Ve gente con pañuelos en la cara arrojando piedras. Ve un inmenso elefante en una piscina, un río congelado. Ve dos hombres barbudos sangrando sobre el cemento. Han interrumpido la programación por algún motivo especial o hay algún tipo de interferencia, piensa. Toca el brazo de Bip para que se vuelva a ver, pero las imágenes vuelven a cinco o más tipos en una coreografía. Luego a tres, o dos, uno no tiene bien un ojo. Luego a una mujer vestida de negro. ¿Qué?, dice Bip. Nada, dice Pné. Bip sonríe y se le queda mirando.
Más tarde llega Huono y se pierde hacia el otro lado, donde la pista de baile. Patsy lo sigue. Hay silencio. De repente, Pné se espabila. Cómo era la canción que me hiciste escuchar, pregunta. Oh, no puedo recordarlo ahora. No puedo recordarlo con tanta música alrededor, dice Bip. Vuelve el silencio. Pné piensa comentar lo que vio en la pantalla. Luego, se pregunta que para qué. O cómo. Se queda pensando en eso, en cómo. También, sin saber por qué, piensa en el lenguaje de Huono, en su música, su voz.
Entonces, como una tromba, la colorada. Acaso las reconoce. Va directamente hasta la mesa y las insulta. Putas drogadictas. Zorras millonarias drogadictas. Pné y Bip se limitan a escuchar. Culos acomodadas. Putas drogadictas. Golpea la mesa. No se mantiene en pie. Soretes melancólicos. Soretes nostálgicos del bienestar. Dopadas hijas de una gran puta. Hijas de papá. Putas drogadictas. El tipo pálido y flaco la toma por detrás y la lleva hasta la barra. Pné se para y va hasta el baño. Da un empujón en la puerta. Ve el culo blanco de Patsy, su cuerpo hincado. Ve la verga muerta de Huono, la lengua pastosa de Patsy, lamiendo. Ve la cicatriz en la mano negra de Huono sobre la espalda de Patsy. Ve algo en esa mano. Ve muchísimas palabras rayoneadas sobre las paredes del baño con todo tipo de caligrafías, instrumentos, gramáticas, lenguajes. Ve infinidad de palabras que intentan decir algo, o no decir absolutamente nada. Se va.

Mientras aguardan el tren, Bip chasquea los dedos. Lo tengo, dice. Qué, dice Pné. Lo tengo, repite Bip. Lo tienes, dice Pné. Lo tengo, dice Bip. Qué, repite Pné. Hay silencio. Lo tengo, dice Bip. Lo tienes, dice Pné. Sí, dice Bip. Canturrea. Luego, silencio. Acaso incómodo, acaso liberador. Acaso, silencio.
De pronto, casi a la vez, Bip y Pné, cantan:
Ayer desperté chupando un limón
Ayer desperté chupando un limón
Ayer desperté chupando un limón

Casi gritan. Ríen.
Ayer desperté chupando un limón
Ayer desperté chupando un limón
Ayer desperté chupando un limón

Es un momento. Luego lucen agotadas, se quedan mirándose. Bip da un beso Pné. Pné no se niega. Sin embargo, cuando siente la vibración de las vías del tren se desentiende. Da un paso y se vuelve a ver. Abraza a Bip. Finalmente, sube el tren.

Una semana después tiene un nuevo mail en su bandeja de entrada. Son unas pocas palabras. Secas. Hablan de formas de ver el cielo, de climas. Hablan de formas de acurrucarse en las estaciones, para dormir, de caminos agrietados y de goteras. Por todas partes. Hablan de formas de saludar y de decir adiós. Pné las relee varias veces. De principio a fin, salteando oraciones, modificando su orden. Está regresando, se dice, por fin. Está regresando o piensa tirarse de un puente, se repite. Luego apaga su computadora portátil y se pone a lavar los platos sucios acumulados. Primero los coloca a todos en remojo, luego friega uno a uno con detergente y lo enjuaga. Por último, lo deposita en el escurridor. Es mi día libre, se dice, cuando acaba. No estaría mal ir a la plaza.
Al salir se detiene a la entrada del edificio. Acaso siente un olor raro, acaso, le llama la atención ver poca gente en la calle. Se queda estática. Mira el cielo, ve pequeñas cosas flotando en el aire. Residuos. Polvo, una bolsa de naylón, algunos papeles. No hay viento, pero sí una brisa fresca. Se pregunta si hubo una tormenta o estará por llegar. Luego se sienta en el borde del hall de entrada a mirar las cosas flotar en el aire, suspendidas.

Más tarde camina hasta un mercado y compra un jugo de frutas. Regresa. Sentada otra vez en el hall, lo toma del pico. Bueno, ahora lo sabe, se dice, de repente. Por fin lo sabe, vuelve a decirse. Luego vuelve a entrar a su casa.
Las terrazas en las casas de los hombres



En ocasiones, para remontar el río
es preciso subir al bote por la parte más baja.


Pero poco a poco su forma de actuar se me fue revelando hueca y estúpida o simplemente falsa, y lentamente comenzamos a distanciarnos, o al menos yo me fui alejando, aunque hasta último momento su sonrisa abierta franqueara la distancia como cara visible de moneda, y de pronto, sin señales que predijeran desenlace alguno, ya nada podía encontrarnos en una risa o una palmada sin que uno u otro no sospechara lo artificial del gesto y se perdiera buscando dar con su valor exacto mientras los dientes brillaban blancos y perfectos, como comenzando a envejecer, o el cuerpo holgaba bajo la mano en el hombro. Éramos o habíamos sido como hermanos y así nos gustaba llamarnos en esos días en que precisábamos reafirmarnos con más fuerza por sobre cualquier grieta oscura que proviniera del fondo acuoso y denso que el paso del tiempo ahondaba y que iba descubriendo con las muecas de la burla y la promesa, o quizás eso entendiéramos, y es lo más probable, aunque sin palabras ni discursos sino con silencios y sobrentendidos, bajo el manto dócil de un trago de cerveza o un chiste desfasado y perfecto. Incluso nos parecíamos bastante físicamente aunque él levemente superara mi altura y fuera un poco más delgado, y a su vez, y aunque los dos nunca nos afeitábamos, yo siempre llevara la barba un tanto más crecida y despareja, lo que me daba cierto aire bohemio, y él, por el contrario, guardara cierta prolijidad, y su imagen se acercara más a un gesto político o a un señalamiento que su pelo rizado remarcaba, que a un dejo de olvido o indiferencia, como si su imagen pudiera precisar a simple vista una cierta posición respecto de bastantes cosas y eso fuera lo suficientemente claro además. También nos movíamos de la misma forma y teníamos gustos similares, preferíamos la misma música o las mismas películas y hasta había cierto común acuerdo respecto de las chicas más deseables e incluso coincidencias bastante claras −él había salido con Natalia primero que yo, y a la vez, cuando yo había dejado a Emilia, había tenido algunos encuentros con ella, por ejemplo−, sin contar los típicos intercambios de comentarios, en los que rara vez había lugar a opiniones distintas o éstas se daban pocas veces. De todas formas nunca habíamos tenido demasiados inconvenientes, nos respetábamos lo suficiente como para ceder ante cualquier punto que pudiera generar un conflicto o simplemente hasta el momento nada nos había interesado más que nosotros mismos. Además pasábamos una buena cantidad de tiempo juntos, lo que tendía a limar cualquier posible aspereza con el transcurso de los días y la risa compartida. Y es extraño, o para mí lo es, porque de todas formas hubo un momento clave, hubo una noche en que todo comenzó a cambiar sin demasiados preludios, como suelen darse los cambios verdaderos en realidad, o eso quiero creer, como si un día uno despertara con la certeza de haber vivido equivocado y desconociendo las señales que lo evidenciaban, y sin arrepentimiento ni dudas o gestos tristes abandonara su casa para siempre.
     Seríamos cinco o seis en la terraza del gordo Verea, nos habíamos juntado con la excusa de comer un asado, él estaba cerca del fuego con Matías o algún otro, los restantes nos apartábamos hacia atrás tratando de escaparle al humo, fuera de la luz, riendo espaciadamente de cosas sin sentido y fumando. Era una noche clara de octubre aunque la luna se perdiera a veces entre las nubes o el contraste con el fuego a veces la volviese plenamente cerrada y a nosotros que estábamos bien atrás nos representara como tres puntitos rojos que humeaban en la oscuridad. De pronto alguien, creo que fue Lucas o el gordo Verea, comenzó a servir más cerveza y cuando levantó la cabeza mirando hacia el fuego dijo algo de Matías, quizás hizo un chiste o simplemente señaló algo impreciso que fuera gracioso o él lo entendiera así, y nosotros, festejando, volvimos a reír prestándoles atención a ellos, que conversaban al lado de la parrilla y se olvidaban entre sus cosas. Las carcajadas duraron un buen rato y luego se fueron perdiendo entre el silencio de la noche y el chisporroteo de las brasas. Estuvimos así un tiempo, callados, como contemplando un rito extraño que se consumaba con nosotros como espectadores furtivos y necesarios, observábamos las llamas o eso creíamos que hacíamos y nos perdíamos con sus gestos, los de ellos, que adquirían formas oscuras y definidas tras el fuego mientras sus sombras se fundían con la oscuridad en la medianera. Matías acomodaba las brazas y él le comentaba algo mientras comía un pedazo de carne que sacaba de la tabla cerca del fuego, una escena bastante repetida en nuestras juntadas incluso, pero desde nuestro lado sus contornos los volvían un punto ciego y oscuro, algo sin vueltas como la profundidad del océano, y todo tendía a remarcar eso y a proponerlo como algo definitivo. En un primer momento estuve a un paso de hacerlo, de comentar o hacer un chiste sobre eso, sobre la imagen que nos daban ellos, sobre las sombras y la sensación extraña que me había invadido, pero cuando estuve a punto de decirlo sentí algo impreciso y agrio en el cuerpo, entonces giré para ver si los demás estaban sintiendo lo mismo o lo habían notado pero sus caras no mostraban ningún malestar y sus cuerpos yacían plácidos y relajados bajo la oscuridad. Entonces me dije o intuí que algo antiguo y lejano se hacía palpable esa noche, algo incierto pero tan real como la misma muerte, porque sus palabras eran inaudibles desde donde estábamos nosotros, pero sus movimientos, los de él sobre todo, seguros y distantes, tenían algo horroroso, algo que lindaba con la locura, o peor aún con lo superficial y artificioso de cualquier forma pero también, y es lo más probable, con la soledad y la burla. Aún hoy no puedo precisarlo, no puedo siquiera dar con algo determinado que demarque eso que entiendo comenzó esa noche pero que también pudo habernos habitado desde el principio de nosotros mismos o antes aun y que se escapa ahora cuando recuerdo ese tiempo, porque sé que al día siguiente él me llamó para decirme si quería jugar al futbol y sé que dije no, o algo por mí lo dijo, y agregó que no podía, que mi madre me había pedido que me quedara para ayudarle con algunas cosas de la casa, y sé también que él se rió porque sabía que nunca me quedaba por algo así, pero no lo tomó mal ni hizo más preguntas, y sé, por último, que se despidió prometiendo juntarnos para salir el sábado a la noche pero en su voz presentí que algo había intuido o que también algo en él pero sin precisiones o relatos esperaba lo que justamente estaba sucediendo, y hasta quizás fuera un alivio triste y definitivo también para él, como quitarle lentamente el respirador a alguien que ya de todas formas nunca más volverá a respirar.
     Pero todo hace agua en esos días, o al menos en mi memoria, y aunque los meses siguientes a esa noche compartimos otros momentos, las más de las veces bajo la sombra inerte del grupo, eso quedó flotando en el fondo, pujando por salir a la superficie, como olvidado pero atemorizante −dando leves espasmos cuando volvíamos a tratarnos y a reconstruir la confianza, y de repente algo impreciso señalaba un gesto vacío o infranqueable, y entonces el aire se tensionaba y las palabras tendían a ahuecarse o a multiplicar los sentidos y señalar una distancia ya definitiva− hasta que un viernes parecido a cualquier otro la siembra de discordia oculta y definitiva alcanzó la luz. Creo que fue en la tarde que me llamó Matías para avisarme que pasara por su casa a la noche a tomar algo y yo le dije que sí, que iría. Cuando llegué estaban todos y él me saludó como siempre, estrechándome la mano derecha un poco cruzada y golpeándome el brazo con la otra, puede que también haya dicho Qué hacés, Pequeño, o puede que yo tome esa frase de otra vez, entre tantas, esa noche no se diferenciaba en nada de otras anteriores. Así que estuvimos tomando unas cervezas y escuchando música y riendo hasta las tres de la mañana, cuando el gordo Verea dijo que había unas chicas en el bar, que había quedado para juntarnos, y como un equipo de fútbol antes de un partido nos fuimos envalentonando mientras preguntábamos quiénes y cuántas y qué tal estaban, y salíamos de la casa con dos botellas para el viaje, haciendo chistes o gritando, algunos abrazados, otros pensativos pero manteniendo una sonrisa dócil entre los labios. Éramos seis en el 3cv de Matías, tres adelante −Matías al volante, yo y él en la otra parte del asiento− y tres atrás –el gordo Verea, y puede que Lucas y Maxi. No bien salimos prendimos el estéreo o él lo prendió, y fuimos escuchando Smashing Pumpkins y cantando entonados y a la vez dispersos en nuestros pensamientos o expectativas. La noche venía perfecta, o cumplía con lo que en ese tiempo entendíamos por perfección, pero en un momento me adelanté para avanzar una canción que habíamos escuchado más de mil veces y que ya me empezaba aburrir o malhumorar y él dijo que la dejara, que la quería escuchar, y los otros dijeron que sí, que dejara correr el disco, y alguno hizo una broma al respecto, entonces retrocedí mientras todos reíamos y poco a poco me fui aislando para continuar el resto del viaje con la cabeza a medio salir por la ventanilla, mirando el paisaje de las calles del centro y las luces de la noche.
     Las chicas eran cinco y el bar era el bar de Jano, el clásico de esa época. No bien entramos fuimos saludando a algunos conocidos y adelantándonos hacia la parte de atrás mientras el gordo Verea prometía no defraudar o, si así fuera, sacrificarse con la más fea, y elevaba la mano derecha mientras le palmeábamos la espalda. Pero a punto de llegar a la mesa, cuando empezábamos a inhibirnos y algunos se rascaban la cara o se daban vuelta como paseando la mirada para dar una imagen desinteresada y fría, notamos que él se había quedado más atrás, quizás en la barra o con algún conocido. Por un momento casi dudamos para encarar la escena, como si su ausencia nos hubiera señalado absurdos y precarios, pero rápidamente el gordo Verea tomó el control y nos fue presentando de a uno y agregando a cada nombre un chiste oportuno y atinado que no sumaba ni restaba nada pero rompía el hielo. A la vez yo encaré secundando al gordo y me acomodé en medio de las chicas que estaban contra la pared, donde estaban las mejores, lo que implicaba dar un paso y casi exigir que se pararan y me hicieran lugar con una sonrisa segura. No bien me senté le dije a Maxi que fuera buscar más cerveza y se fijara si lo veía, me justifiqué diciendo que era el personaje estrella del grupo y todos rieron mientras Maxi ponía cara de desconcierto, se paraba lentamente y encaraba hacia la barra. No tenía mala intención, todo lo contrario, me importaba bastante que viniera y nos pusiéramos de acuerdo casi sin mirarnos respecto de las chicas, de la noche, para ir manejando los hilos desde las sombras y siempre a nuestro favor, con esa sensibilidad certera para precisar lo que hace falta y establecer tácitamente el camino para conseguirlo. Incluso cuando Maxi volvió solo con las bebidas casi ni noté su ausencia hasta que alguna de las chicas lo señaló entre risas, diciendo algo acerca del abandono del diez, y el gordo Verea para salir del paso o tapar mi silencio, no lo sé, dijo que qué importaba, si al fin cabo éramos cinco contra cinco y entonces las risas nerviosas se mezclaron con otras menos avergonzadas y decididas.
     Estuvimos tomando y hablando en grupo hasta que poco a poco la tensión del primer encuentro se fue aflojando con el correr de las cervezas. La noche transcurría lenta y enturbiada por algo impreciso: el gordo Verea jugueteaba con dos y hacía bromas que le festejaban constantemente, a las que también se sumaban Lucas y otra de las chicas pero como aislados o aislándose al mismo tiempo, Maxi, ensimismado, de tanto en tanto arrancaba las etiquetas de las botellas para doblarlas y lograr formas raras que de a ratos reclamaban la atención de todos y de a ratos quedaban olvidadas a un lado, y Matías y yo intentábamos avanzar con las otras dos. Después creo que en un momento Maxi, que en ese tiempo era el único experimentado en eso, me dijo al oído que tenía una tuca y fuimos a dar unas secas al baño, aunque cuando volvimos fue como si nadie hubiera notado nuestra ausencia y la escena se reorganizara para volver a repetirse. Pero él llegó poco después bastante más borracho que todos, puso una silla entre Matías y su chica y poco a poco se fue apropiando del terreno a fuerza de chistes y seguridades frías y precisas, con movimientos superficiales y monótonos que me devolvieron un espejo odioso y querible, y así como tantas veces nos habíamos potenciado, de la misma forma pero inversamente, con un regusto agrio en la boca, esta vez lo fui dejando afirmarse en el terreno, sentirse seguro e ir sentando sus intereses sin lugar a dudas para todos, y con la misma impavidez de cualquier otro día fui lanzando, a la vez que tomaba cada vez tragos más largos y rellenaba mi vaso constantemente, algunas indirectas que primero lo hicieron reír y luego, poco a poco, lo fueron tensionando y desconcertando mientras peleaba contra el ridículo y buceaba en el absurdo para encontrarle un sentido, y a su vez las chicas bostezaban ante el miserable duelo estúpido de gallos desconocidos, y parecidos, y diferentes, como dobles que reclamaran un solo espacio para sí mismos y que a la vez atinaran a dar manotazos tratando de no sucumbir ante la lava densa que los cercaba desde abajo y que, por extraño que pareciera ahora, alguno de los dos o uno solo en pos de ambos, o los dos a la vez, y así lo entendía en ese momento, aunque sin palabras o relatos precisos, había decidido afrontar de una buena vez.
     La noche en el bar, al menos para mí, terminó cuando el gordo Verea, sorprendido, preguntó qué pasaba y casi que golpeó la mesa mientras él se paraba sin saber muy bien para qué, y yo también me paraba, casi a la par, y yéndome brusco, con pasos que intentaban ser tan seguros como los que da un borracho forzando el equilibrio para probar su sobriedad, pedía disculpas justificado en la cerveza, sin mirar a nadie, y los dejaba atrás extrañados y distantes. Cuando salía me acodé en la barra casi como cayéndome y le pedí a Jano que me vendiera otra cerveza. Jano me observó un instante y giró para sacarla, en ese momento miré hacia el fondo y comprobé que no podían verme, que los tabiques del bar tapaban la perspectiva, y entonces, como si sintiera una autocompasión estúpida, deseé que lo pudieran hacer, que entendieran que algo desconocido me superaba, pero no bien tuve la cerveza me fui sin decir palabra ni atinar a volver, como olvidado de lo anterior. Ya afuera caminé algunas cuadras haciendo eses, o eso veo en mis recuerdos, con la cabeza en blanco pero de a ratos insultando en voz alta y hasta creo haber querido pelear o haber provocado a alguien, y hasta haber ensayado algunos golpes en el aire mientras avanzaba por calles que semejaban una película clase b en colores sepia que poco a poco fuese fundiendo a negro.
     Luego todo entra en un plano distinto, cercano al sueño, como de espejos rotos y refracciones, porque de pronto es como si todo se silenciara y yo estuviera sentado sobre el cordón de una calle desierta, sintiendo tan sólo la cara húmeda y el cuerpo cansado, lo demás se me escapa o no puedo entenderlo o es que simplemente no veo nada más y ni siquiera hay nada más que un cordón, cemento y una cerveza rota. Estoy así un buen rato, mirando el pavimento, de vez en cuando estiro las manos como hablando conmigo mismo o con alguien que me habita pero con el que no logro ponerme de acuerdo, y eso a la vez me sumerge en algo denso. Comienzo a vomitar, las arcadas se repiten unas cuantas veces, pero al levantar la vista, con los ojos quebrados y el aire pujando por entrar en los pulmones, como si hubiera un cielo otro, en penumbras, veo que una casa, enfrente, hacia adelante, tiene las luces encendidas y brillan poderosas en la desolación de la noche, aunque pareciera que un viento tenue pero determinante sacudiera su existencia y golpeara las ventanas, las puertas y todo lo que hubiese adentro. Entonces me paro y camino como si algo antiguo y primal me llamara, como si de todas formas no quedara otra opción, y mientras me acercó a la vez lento y decidido veo una ventana o una puerta que también es un espejo o es un espejo puerta o ventana que a la vez refleja y muestra tanto un lado como otro, o ambos lados a la vez, y entonces adentro hay gente cantando o gritando palabras extrañas y maravillosas, y papeles rotos, desparramados, y muñecos, y un niño pescando junto a su padre, y grietas sobre una pared junto a otros dibujos, y libros, aunque también Emilia o una parrilla con dos sombras definidas y oscuras y tres puntos rojos que humean en la noche, pero a la vez, del otro lado, y, de alguna forma, también adentro, yo, más alto y mejor preparado, con la barba recortada, y más feliz, o así parece, y distinto al que de este lado intenta entrar y que está como ensimismado, y a la vez se revisa los bolsillos como pensando en pagar algo o buscando una llave precisa, y en el mismo momento en que gira otra vez hacia atrás como para tomar el impulso final o permitirse temer y se vuelve para intentar entrar en eso que ve, o cree que ve, y quizás sólo semeja un sueño o el sueño de los días por venir, tan sólo parece alguien librado a lo misterioso y cierto de los días, y después ya nada puede saber o precisar más que una mezcla infinita de luz y oscuridad en que el olvido se presenta bajo la cara de la duda y el relato.

El cuento de los muertos y las naves

Nadie va a venir a buscar las naves. Se van a quedar ahí para escarmiento dicen. El Nene dice que para muestra de nuestra estupidez.
Yo he estado todo este tiempo pensando, tratando de recordar lo que dijo el más viejo, el de las botas nuevas, pero nada. Como si se me quedara atrás, como si el calor entrara a derretir de a poquito todo. Y ya ni idea.
Cuánto habremos estado entre los yuyos, andando, por la tierra. A buen ojo, yo le calculo diez horas. Ya después los días se me han mezclado.
Qué hará que estamos. No mucho, si el Pilito todavía tiene las costras de los chicotazos en los brazos, nuevitas, y a mí recién se me empieza a pasar el dolor. Pero se hace largo.
Por suerte, se ve la ruta. Una liniecita chiquita. Y se ve pasar. Los reflejos al menos. Lucecitas que se prenden, se apagan, van avanzando, desaparecen. Pocas nomás, diez, quince al día. Yo digo bajo el sol, de noche ya no sé. Apenas escucho que llega el camión de relevo, me tiro panza arriba a esperar. Al día, no al sol. Y a que vengan del pueblo a avisar.
Menos mal que ya casi no lo tengo que escuchar al Pilito. Desde que salimos está diciendo y diciendo. Que le tendríamos que haber avisado a Don Antunez ahí nomás. Que para qué le hicimos caso al Nene, si a él todo se lo habían contado, y qué sabíamos nosotros. Que el viejo hubiera arreglado todo, si los amigos de la política. Que hablando la gente se entiende, que qué sonsos y cagones disparando para escondernos.
El Viejo. El Viejo dijo apenas nos vio, eso sí me acuerdo, Allá, abajo del árbol, y sin hablar.
Y se hace largo acá. Estos yuyos no dan sombra y nos vamos achicharrando de a poquito. Ya parecemos asados. Después en la noche ni miro para ningún lado, menos para arriba. Es como si aplastara el cielo, como si las estrellas fueran, lejos, y todo lo demás, lo azul, bajara y bajara. Yo me quedo quieto, de espaldas. No quiero ni pensar, de tanto que he pensado ya no sé si seré yo o qué, pero cada vez entiendo menos.
El otro, no el Viejo, fue el que pegaba. Llegamos, nos bajaron del camión, y ahí estaba esperando. Así que vos sos el pícaro de Las Lomitas, ya te voy a dar que te hagas el gil, y ahí nomás, en la cabeza. Me dejé caer, ya me la veía venir que si me hacía el macho iba a ser para peor. ¿Tenés ganas de hablar?, dijo. Y yo qué le iba a decir. Que sí, pero para explicar, parar decir que nosotros no sabíamos nada, y ahí me dio otra vez en la boca. Quedé arrodillado. Y otra patada en las costillas. Ya se te va a ocurrir qué decir, dijo. Cuando me levanté chorreaba un poquito de sangre, de lo de la frente.
Después nos han ido llamando de a uno. Primero al Pilito, por ser más chico seguro, a ver si lo ganaba el miedo. El miedo, como si sirviera de algo. Yo de acá veía las sombras dentro de la casucha. Uno se movía, iba y venía. El otro quietito y más abajo, debía ser el Viejo. Pero yo no lo podía ver al Pilito y me daba vueltas la cabeza, y la culpa por él, por el Pilito. Ya nada se podía esperar, como si todo pudiera pasar. Y el pibe qué culpa iba a tener. Ahí le empecé a hacer señas al que hacía guardía en la puerta, un gordo que se veía más manso, más tranquilo, uno que cuando habla parece de acá, de la zona. Vino. Le dije que yo estaba como responsable por el pibe, que me iba a hacer cargo. Sí, no se preocupe, dijo. Fue y volvió. Que se quede tranquilo, que ya lo van a llamar, dijo, que decían. Y me agarro una cosa por dentro. Como para estar tranquilo estaba. Qué cosa, irnos a esconder nosotros también.
A la hora, cuando salió el Pilito, se lo llevaron al Nene. Ahí sí me quedé tranquilo, el pibe venía limpiándose la cara con la chomba, pero sano. Que no había dicho nada dijo, de espaldas al milico gordo que nos miraba. Que nos asustamos y empezamos a disparar. Por lo del diario, las fotos, lo que decía de las naves y lo demás. Eso me alcanzó a decir. Y ahí me puse a pensar, ahí me dije que yo también iba a poder decir que nos fuimos por tontos, de puro cagones. Pero claro, miedo de qué me van a preguntar. Y ahí qué digo. Ahí está la cosa.
Encima con este sol. Nos hemos puesto la ropa en la cabeza, pero igual. Baja y baja, y hasta es como si se fuera cayendo en un pozo atrás de los cerros mientras les pega del otro lado a las naves y las vuelve como una sombra enmarcada. Y a algunos nos da por tiritar. Por eso a esta hora siempre apretamos el cuerpo un poco, para que no nos gane el frío.    
Ahora me acuerdo. Al segundo o tercer día recién vino el milico gordo de relevo y nos dio agua, un chiquito. Yo les dije a los otros que de a sorbitos, si no nos iba a dar más sed. Y se iba a acabar. Así tomamos. Pan trajo también. Dos o tres para todos, para todo el día, y así todos los días.
Pobre el Nene, la ligó feo. Diga que no me puedo ni acercar a verlo, que si no. Está tirado de costado, acurrucado. Se ha tapado toda la cara con la camisa. Quieto está, pero por ahí pega como saltitos. Vaya uno a saber qué piensa, qué le pasa por dentro. La que le habrán dado. Y él les habrá dicho todo también, qué más. Y se habrán puesto más pesados también. Porque fue él el que nos vino con el cuento de los muertos y las naves a nosotros, él había visto el diario, y en vez de ir derecho a la comisaria se vino para la casa. Vaya uno a saber.
El cuento de los muertos y las naves. De haber sabido, qué cosa. Pensar que los primeros días las mirábamos y mirábamos. Tan lindo el negro. El Pilito me decía, Diga que no dejaron las llaves, diga que no las dejaron, que si no las salíamos a probar. Y yo me reía para adentro pensando que quería pasearse por el pueblo para monearle a las niñas de la plaza. Qué cosa, de haber sabido les decía que no dejaran nada en el campo, que el doctor Antunez no había avisado y yo no podía tenerlas acá.
Pero qué iba a saber, si vinieron como si nada. Yo andaba entre las parras, podando, y vi la polvareda. Ahí nomás largué todo y me fui a ver qué pasaba. Qué hacía que no lo veía al Horacito. Cómo le va don Riera, le vamos a dejar los dos vehículos, las naves que están en el galpón, sabe. Por las dudas, no diga nada. Ya ha visto cómo es la gente. Nunca le falta tema. Y los otros dos que venían con él decían que sí con la cabeza. En eso llegó el Pilito, que andaba por el otro parral echando veneno, y se ve que le había extrañado el asunto o tenía ganas de hablar con la gente. Y ahí nomás estaba a los saludos con los tres. Cómo no, mijo, vaya tranquilo, le dije.
Vaya tranquilo, lo que son las cosas. Qué habrá hecho el Horacito.
Raro lo que demoran del pueblo, como si no se hubieran enterado. Como si estuvieran muy ocupados en otras cosas. La Mirta, claro, ella qué sabe de esto, mejor que no venga. Pero el doctor Antunez, que no haya aparecido, ni haya leído el diario.
Encima yo que ni me puedo acordar lo que dijo el Viejo de las botas nuevas, y hasta capaz no dijo nada y yo estoy pensando de más de pura ignorancia. Porque del piso, que me acuerde clarito, sólo escuche algo que parecía nada, y ahora se me mezcla todo. Qué cosa.